Para Ana Irie, la pastelería no se limita a la precisión de una técnica ni a la belleza de un emplatado. Es también una forma de contar una historia, recuperar un recuerdo y transformar sabores conocidos en algo inesperado. Su trabajo parte siempre del gusto —“por más que algo esté muy lindo, si no está rico, no sirve”— y recién después avanza hacia una estética atravesada por las formas geométricas, la naturaleza y las imágenes de la vida cotidiana.
Desde la apertura de Bravado, Irie está al frente de la propuesta dulce del restaurante. Allí revisita clásicos como el Chajá, el flan mixto y la mousse de chocolate, combinando sabores familiares con presentaciones contemporáneas y técnicas de alta pastelería. El espacio, ubicado en Vicente López, propone una lectura actual de la cocina argentina, con el producto de estación como protagonista y los vinos de Bodega Del Fin Del Mundo y Karas Wines como parte de la experiencia.
-Tus creaciones parecen pequeñas obras de arte. ¿La estética nace antes que el sabor o sucede al revés?
-La estética siempre nace después del sabor. Para mí, lo más importante en un postre es que sea rico porque, por más lindo que esté, si el sabor no funciona, no sirve. Siempre le doy prioridad al gusto y después pienso en la estética. Me interesa presentar los postres de una forma diferente de la que estamos acostumbrados a ver. En Bravado, por ejemplo, tenemos un flan que no está emplatado como un flan tradicional. Me gusta que sea una cosa, pero parezca otra, o que sorprenda por la manera en la que llega a la mesa.







