Volver a comenzar no es sencillo, pero no hay peor cosa que no lo que no se intente. Es lo que ha experimentado Adriana Sangster, ingeniera en Informática de Gestión de 41 años.En 2018 logró inaugurar una cafetería llamada los ‘Antojitos de la Negra’, en Urdesa Norte, en Guayaquil. Pero, con la pandemia Covid-19 se vio obligada a cerrar ese sueño. Aquello fue un golpe emocional y financiero, pero también la semilla de una transformación.De Ventanas a Guayaquil: la joven que cambió el periodismo por la belleza y hoy impulsa una marca con su nombreEntonces, Adriana, movida por su pasión por los postres, invirtió lo que tenía para levantar lo que hoy se llama Cheesecake Lover, un negocio familiar que opera bajo el modelo de dark kitchen. Esta idea la comparte con su hermano Juan Carlos, también su socio. PublicidadSe transformaron en un testimonio de cómo el cierre de un local puede convertirse en el abono para un proyecto más especializado y audaz.Y hace dos años están operando bajo el modelo de cocina oculta. “Es como un nuevo comienzo, igual lo positivo de empezar es que ya todos los implementos y toda la experiencia de producir y demás ya la teníamos”, menciona. Este capital intelectual y material les permitió enfocarse en la especialización. Al concentrarse únicamente en los cheesecakes, pudieron refinar sus recetas y explorar sabores que pocos se atreven a tocar.PublicidadPublicidadActualmente, el negocio opera desde un taller ubicado detrás de la casa de su madre, lo que les permite gestionar pedidos de manera flexible. Aunque sacrificado —pues las jornadas no entienden de horarios de oficina ni de compromisos—, este modelo les ha permitido ser más eficientes.“Empezar como nosotros que bien o mal es un dark kitchen, es un poco más fácil que empezar”, reflexiona Adriana, comparando la agilidad de su estructura actual frente a los altos costos y riesgos que implica mantener un local en un centro comercial.La operatividad hoy se divide entre los dos hermanos. “Somos realmente los dos (mi hermano y yo) los que hacemos el producto, no tenemos empleados a cargo”, dice.Juntos han logrado posicionarse no solo en el consumidor final a través de plataformas como PedidosYa y Rappi, sino también como proveedores de restaurantes destacados como Lo Nuestro, Puerto 1820, Travesía y Azul Limón.Sabores inimaginablesLo que realmente diferencia a Cheesecake Lover en un mercado saturado es su audacia creativa. Adriana entendió que para destacar debía ofrecer algo que no se encontrara en ninguna otra vitrina. Entones, creó una carta que desafía lo tradicional del paladar.PublicidadSu oferta incluye el cheesecake de maduro o el de ají, propuestas que elevan ingredientes locales a la categoría de repostería de autor. Hay sabores familiares como arroz con leche, crunchy avellana, creme brûlée y arándanos.La marca ha desarrollado una línea premium: cheesecake de Jack Daniels, el exótico Pistacho Dubai y una opción keto de frutos rojos. La innovación no es solo dulce. Adriana revela que están incursionando en una línea de cheesecakes salados para ser consumidos como dips. Esta búsqueda de novedad les permite lanzar un sabor nuevo cada mes, manteniendo la curiosidad de sus seguidores. Su ventas mensuales van entre 100 y 200 unidades.La emprendedora que logró convertir el aroma en una experiencia para sanar: ‘Necesitamos más calma porque todo es inmediato’Adriana aspira abrir una isla de un centro comercial, por eso su enfoque es fidelizar a su clientela y fortalecer la marca. La historia de Cheesecake Lover es una lección de humildad y visión. Su consejo para otros emprendedores es claro: estudiar a la competencia, costear cada detalle con precisión y, sobre todo, buscar siempre ese factor diferenciador que convierta un simple postre en una experiencia inolvidable. (I)