Hay historias que no empiezan con una receta familiar ni con una infancia entre hornos. A veces, la vocación aparece más tarde, cuando la vida obliga a improvisar y algo, de pronto, se acomoda. Así fue para el pastelero detrás de Jakarta Coffee, que pasó de trabajar más de una década como camarero a crear una de las propuestas de pastelería más comentadas de Buenos Aires: frutas hiperrealistas, mini gâteaux, piezas de estación y postres donde la estética nunca alcanza si no está acompañada por sabor.
-¿Cómo empezó tu vínculo con la pastelería y la gastronomía?
-Trabajé muchos años como camarero, unos diez o doce años. Siempre estuve en gastronomía, pero del lado de afuera, nunca en la cocina. Soy de Castelar, aunque hace unos veinte años que vivo en Capital. Durante la pandemia, cuando cerró todo lo relacionado con la gastronomía, la hotelería y el turismo, no se sabía qué iba a pasar. Yo estaba trabajando como mozo y el lugar cerró.
Con mi mujer hacía tiempo que teníamos la idea de abrir un café. En ese momento, muchos lugares estaban cerrando, así que compramos cosas de remate y empezamos con el local, todo a pulmón. Al principio, no podía venir nadie: era todo para llevar.
-¿Y cómo pasaste de atender a cocinar?










