Incapaces de freír un huevo. Vagos. Analfabetos funcionales. Inútiles domésticos. Recuperemos la Ley de Vagos y Maleantes. Ya va siendo hora de agarrar a los jóvenes, improductivos, desviados, que andan por ahí comiendo brunch y poké bowls, por la pechera, y meterlos a guisar, que es lo que le corresponde a un chaval de veinticuatro años. Que es lo que hicieron nuestros mayores, quienes sí tuvieron el nervio moral y el músculo suficiente para entregarse a esa causa mayor que es La Cocina. Qué hartos tienen que estar los jóvenes de este discurso, que rebrota cada año como una mala hierba. El retrato del adulto que no sabe hacerse unas lentejas le queda como un guante a mi muy respetado señor padre, que hoy tiene 75 años, y que, si no fuera porque en un momento determinado de su vida se encontró solo, aún hoy seguiría sin saber freír un huevo ni poner una lavadora. A lo largo de casi sesenta años, no desarrolló estas habilidades porque nunca le hizo falta. Mi madre se encargó siempre. Ese arte de la cocina doméstica, ¿era un saber noble libremente cultivado por unas generaciones más elevadas y menos flácidas que las presentes? No. Era trabajo ejecutado por las mujeres; un sub-lumpen dentro del lumpen que tenía la cocina como parte de su jornada laboral, y que preparaba la comida precocinada que sostenía el trabajo industrial sin cobrar salario. Curiosamente, las no-lentejas de mi padre no conllevan vituperio. Y manda narices que hoy estemos cada dos por tres criminalizando a los jóvenes por disfrutar de una serie de libertades que costó sangre, sudor y lágrimas conquistar. ¿Qué escenario placería a los que ladran contra los jóvenes? ¿El del retorno de la mujer al hogar para atajar el problema de una vez por todas? ¿El de los jóvenes tomándose tres horas entre el turno de mañana y el de la noche para poder sofreír? Pero no todos tienen el privilegio de gozar de la única coartada moral que parecen admitir algunos, la de trabajar mucho, fuerte y duro. La mayoría no encuentran empleo. Sólo el 46% de los jóvenes de 16 a 29 años en España tiene una nómina. A los que la tienen, les sobran 15 euros a final de mes para sostener ese ideal de familia reunida en torno a una cazuela humeante: los 15 euros que hay de diferencia entre los 1.191 del salario medio juvenil y los 1.176 de media que cuesta alquilar un piso. La cocina no se ha salvado generación tras generación por sentido del deber ni por ideales elevados. El guiso y el sofrito brotan en unas condiciones de estabilidad que estamos destruyendo, en un momento de la vida en que se dan, en sincronía, tres fenómenos apasionantes. Por un lado, no importan los años que hayas pasado empujando tu carrera con posgrados, másteres y doctorados, o echando horas en el bufete o en el laboratorio, en pos de un futuro con una base de cotización potable, alimentando a tu cuerpo con cualquier cosa. Llegará el día en que solo de pensar en la pizza o los yakisoba te entre acidez. Ese día te doblegarás, como hemos hecho todos, ante el todopoderoso reflujo. Y querrás acelgas. También puede pasar que, de repente, te encuentres acompañado a la hora de comer o de cenar, y que de eso que has preparado para ti también coman otros. A veces, estos “otros” son gente pequeña, que suele estar muy atenta a lo que hacen su padre o su madre, y cuya salud depende, en parte, de lo que se ponga en la mesa. Ese día aparece una alarma ante comer “cualquier cosa”, y podría pasar que te escuchases a ti mismo advertir con voz muy seria acerca de los peligros de abusar de cosas que llevas veinte años comiendo con los colegas, o a solas y de pie delante del microondas. Después está el día en que ves a tu padre, al mismo padre que quizá viste la semana antes, y lo ves distinto. Sin duda es él. Tiene las mismas facciones. Lleva esa camisa. Pero su piel se apoya diferente en sus huesos. Te das cuenta de que achica los ojos para leer el periódico. Está mayor. De un mayor que asusta. Y te asalta una suerte de nostalgia de futuro. Un echar de menos algo que aún no se ha ido, pero que hoy, por primera vez, sabes que un día desaparecerá. Entonces te encuentras cogiendo el teléfono un miércoles por la tarde y preguntando: “¿Cómo hacías esos pulpitos que nos dabas de pequeños, mamá?”. En una sola vida están las dos fotografías: la del impulso centrífugo de la juventud de salir, expandirse, construirse y conquistar; y la de la pulsión que llega después, cuando la vida se asienta y el fuego prende dentro de casa. Una casa que es estabilidad, espacio y horizonte vital, y que para los jóvenes de hoy está cada día más lejos. No pasa nada porque los jóvenes no sofrían. Hay una cocina que sólo aparece cuando la vida deja de ser provisional. Y, aun así, nadie le debe un sofrito al mundo. Si la abuela hubiese podido elegir a los veinticuatro años entre hacer un doctorado en Física, ser mecánica de coches o piloto de rallies, hacerse abogada, dudar, no saber, salir a bailar y a querer, o meterse en la cocina, ¿qué habría elegido?