La generación que no sabe freír un huevo ya tiene estudios demoscópicos que la justifican, qué alivio. AECOC acaba de descubrir que millones de jóvenes viven abrazados a la conveniencia, esa palabra elegante que significa exactamente: "No me da la vida ni para pensar qué ceno". Y así hemos llegado al glorioso momento histórico en el que abrir un táper del supermercado produce menos desgaste emocional que pelar una cebolla. El informe explica que el consumidor joven busca "experiencias", "socialización", "evadirse" y "platos listos para consumir". Traducido al castellano: que no tienen un duro, comparten piso con otras tres personas, y salen a cenar fuera porque quedarse en casa significa descubrir que la vida moderna está vacía, y no solo envasada al vacío.La nueva épica juvenil consiste en pedir un poke desde una aplicación mientras se debate en TikTok sobre la ansiedad, el capitalismo tardío y el autocuidado. Lo mejor es el lenguaje. Nunca se habla de vagancia, dependencia o inutilidad doméstica básica. No. Ahora se llama "reducir la carga mental". El estudio asegura que mucha gente compra comida preparada para evitar el estrés de pensar qué cocinar.Imagino a nuestros abuelos, que sacaban adelante una casa entera con una olla, un brasero y media barra de pan duro, observando a un veinteañero entrar en crisis existencial frente a un paquete de macarrones. Y mientras tanto la vida entera se convierte en una suscripción mensual: Netflix, Spotify, Glovo, terapia online y gimnasio boutique. Todo alquilado, todo temporal, todo sin pertenecer realmente a nadie más que al que lo arrenda. Ni la música, ni las películas, ni las casas, ni siquiera las citas. Si dejas de pagar este mes, deja de pertenecerte. A mí, qué quieren que les diga, me produce cierta mezcla de pena y sarcasmo defensivo. Porque en medio de esta distopía de cartón reciclable y hamburguesas smash, mi hijo Federico, con diez años, ya sabe hacerse unos macarrones carbonara él solo. De verdad. Aunque les eche nata y mi amigo siciliano Luca no dudaría en llamar a sus paisanos de la mafia si se enterara. Hay padres que sueñan con Harvard o Silicon Valley. Yo me conformo con que mi hijo jamás diga "voy a pedir un bowl" y, sobre todo, que nunca necesite llamar a un delivero mientras espera en pijama otra cena tibia en la puerta de una casa que nunca podrá comprarse. A lo mejor no lo estoy haciendo tan mal, y algo tan simple como controlar más botones en la cocina que el del microondas, puede llegar a convertirse en una actitud para su futuro. La que no tienen todos estos jóvenes que necesitan ponerle eufemismos a su realidad y leer estudios que justifican que no saber freír un huevo es una cuestión generacional. Han confundido comodidad con libertad, porque el día que no sabes prepararte ni una cena caliente, dejas de ser un consumidor moderno, para convertirte en alguien completamente dependiente.
La generación que no sabe freír un huevo: entre la vagancia, la dependencia o su inutilidad doméstica básica
La nueva épica juvenil consiste en pedir un 'poke' desde una aplicación mientras se debate en TikTok sobre ansiedad o capitalismo tardío porque enfrentarse a un paquete de macarrones provoca una crisis existencial.











