La vivienda es probablemente la parte más visible del problema. Y también la más superficial. Como boomer y padre de cuatro hijos de entre 20 y 30 años, soy parte activa —e interesada— de una discusión que crece día a día: el problema del acceso a la vivienda de la generación de mis hijos. Ellos viven en Miami, Argentina, Inglaterra y España. Están repartidos por el mundo, pero la preocupación es exactamente la misma en todos ellos. Y eso es precisamente lo más impresionante: que el problema es global. Mi generación —y antes la de nuestros padres— daba por hecho que, con esfuerzo, estudio y trabajo, antes o después se llegaba naturalmente a acceder a una primera vivienda. Hoy, para millones de jóvenes, esa secuencia es una reliquia rota, o muy cerca de romperse. Detrás de esto brotan otras disfunciones mucho más profundas: la postergación indefinida de formar una familia, la erosión de la cultura del ahorro y, más en el fondo todavía, una sensación creciente de incertidumbre y pesimismo sobre el futuro. Una vivienda propia suele ser mucho más que un techo. Es el gran mojón de entrada a la adultez y a la independencia. Es la afirmación de una identidad propia y el abandono definitivo de la condición de "hijo de". Opinión Mis cuatro hijos, afortunadamente, son graduados de muy buenas universidades y nunca les faltaron recursos ni oportunidades. Y precisamente por eso el tema me inquieta aún más. Si para ellos —y para nosotros, sus padres— esto ya es un gran "issue", ¿qué queda para quienes no tuvieron esas ventajas? Pero creo que hay algo todavía más profundo que no estamos viendo: los comportamientos sociales que genera esta situación. Y ahí es donde el debate suele quedarse peligrosamente corto. Si los gobiernos abordan este tema únicamente como un problema de vivienda, corren el riesgo de ignorar lo esencial: estamos ante una alteración mucho más amplia del contrato social y de la secuencia natural sobre la que se construyen las sociedades modernas. Opinión TE PUEDE INTERESAR Vivienda: la llave de la Moncloa Nacho Cardero Si fuera un guion de teatro, la escena sería más o menos así: - Hijo: "Estudio una carrera". - Padres: "Invertimos en la educación de nuestros hijos para que progresen". Y después llega el golpe. - Hijo: "Tengo un buen trabajo, pero ni aun así puedo ahorrar para pagar el anticipo y comprar mi casa y comenzar una familia". - Padres: "¿Entonces para qué hicimos todo ese esfuerzo?" Porque pagar una hipoteca, más allá del aumento del precio de las propiedades respecto a los salarios, no es el gran problema. En todas partes, el verdadero obstáculo es generar el ahorro previo necesario para plantearse solicitar una. Entonces todo se ralentiza: la emancipación, la estabilidad, la pareja y, finalmente, los hijos. Y lo que antes ocurría alrededor de los 25 años empieza a desplazarse hacia los 35. Y eso tiene consecuencias enormemente profundas. Se debilita la transmisión natural entre generaciones porque se rompe parte de esa continuidad de experiencias, recuerdos y vínculos que alimenta el tejido social. No es lo mismo un abuelo que comparte veinte años de vida adulta con sus nietos que uno que apenas llega a compartir cinco. Y en muchísimos casos, los hijos siguen viviendo con sus padres pasada la treintena, generando nuevas tensiones, frustraciones y dependencias en ambas partes. Pero hay otro fenómeno todavía más interesante y que rara vez se menciona. Cuando una generación siente que no puede construir futuro mediante el ahorro, reemplaza ese horizonte por gratificaciones inmediatas: viajes, restaurantes, conciertos, consumo presente. "¿Para qué voy a ahorrar si nunca me va a alcanzar? Mejor me gasto todo lo que gano". Tiene lógica. Pero también consecuencias. El consumo presente empieza a sustituir la idea misma de futuro. Paradójicamente, hasta incluso puede resultar positivo para ciertos sectores económicos —el turismo es un ejemplo evidente— porque impulsa el gasto y sostiene parte del crecimiento. Pero el coste oculto es enorme. Una sociedad sin consumo es infeliz. Pero una sociedad sin ahorro es inviable. Por eso creo que el error gigante es reducir este debate a un mero problema inmobiliario. Acá ya hablamos de incertidumbre, de frustración, de retraso familiar, de dudas crecientes sobre el valor del esfuerzo y de la educación, de ansiedad social y de una generación que empieza a sentir que el ascensor hacia una vida mejor se ha detenido. Si aceptamos esta premisa sobre la verdadera profundidad del problema, entonces también podemos imaginar —y justificar— respuestas mucho más ambiciosas. Especialmente en Europa —y particularmente en España— habría que animarse a discutir temas que durante demasiado tiempo parecieron "vacas sagradas": la burocracia urbanística —ese monstruo antropófago—, las restricciones al uso del suelo, la resistencia a construir en altura o los enormes obstáculos financieros de entrada que enfrentan los jóvenes para comprar una vivienda. Tal vez haya que pensar en avales estatales de muy largo plazo, esquemas público-privados más agresivos y nuevos sistemas hipotecarios que faciliten el acceso de los jóvenes a su primera vivienda. Y en esa misma línea, cualquier inversión potente en transporte público que conecte las ciudades con periferias cercanas sería indispensable. Seguramente existen muchos especialistas con muchas más y mejores ideas que yo, pero la clave es aceptar algo previo: esto no es solamente un problema económico. Porque cuando una generación empieza a perder la capacidad de imaginar su propio futuro, el problema ya no es inmobiliario. Es mucho más profundo. Y sus consecuencias sociales, culturales, políticas y demográficas pueden ser enormes. *Alejandro Zaia, empresario argentino, licenciado en Ciencias Políticas y radicado en Madrid.
La vivienda es solo la punta del iceberg
La dificultad de los jóvenes para acceder a una casa no solo retrasa la emancipación: está alterando la cultura del ahorro, la formación de familias y la idea misma de futuro









