Lo que más me llamó la atención de ir a comer a ese nuevo restaurante llamado Mercadona es la composición social de la clientela. Por una parte, la sal de la tierra: currantes, trabajadores migrantes y hasta una persona sin hogar. Por otra, la fresca ingenuidad de la juventud, esos chavales que —me dio la impresión— creen que ese modo de alimentación es dinámico, flexible, actual, igual que se piensa que tomar el café de Starbucks por la calle en un vaso de papel es más glamuroso que tomarlo en una taza, sentado en la cafetería. Hablamos de muchas cosas que se “romantizan” y que se “normalizan”: una de ellas es este ajetreo precario a la hora de ingerir. Lo que podría verse como una merma en la calidad de vida se maquilla como algo guay porque nos ha dicho Instagram que así se hace en Manhattan. Dijo Juan Roig, uno de los hombres más ricos de España, dueño de Mercadona, responsable de una parte importante de nuestra alimentación y reconocido futurólogo, que el porvenir nos traerá la desaparición de las cocinas. Yo no sé si lo dijo porque realmente lo piensa o para que se hablase de la creciente apuesta por la comida preparada en sus supermercados, que no solo es que ofrezcan más platos, sino que también provee en muchos de sus establecimientos de un espacio para deglutir: mesas altas corridas, microondas y hasta vasos y cubiertos (de papel y plástico). Eso sí, no hay agua corriente. Tal vez Roig lo dijo para que gente como yo, gente que entra al trapo, vaya a ver, precisamente, qué se cuece por ahí. La cosa surtió efecto.Me dirigí a la sección de comida preparada del Mercadona de Ronda de Atocha, Madrid, aunque más que comida preparada, la deberían llamar comida procesada, por la ristra de números E (conservantes, colorantes, emulgentes, antioxidantes, etc.) que aparece en la enorme lista de ingredientes. Que no cunda el pánico: dijo Donald Trump que él come mucha comida basura y que está como una rosa, no como sus amigos que se cuidan. Se ofrecen en Mercadona grandes clásicos de la gastronomía española; hay aquí prioridad nacional en tiempos en los que el poke, el ramen y el bubble tea campan a sus anchas por toda Iberia. En Mercadona hay lentejas, hay paella, hay tortilla de patatas, hay croquetas. También hay pizza y lasaña, muy socorridas. Lo que verdaderamente vi triunfar es la cheeseburger y el serranito, que se ofrecen calentitos y envueltos en papel, como en el burger. Yo me decanté por unos (supuestos) spaghetti carbonara, que es un plato que he probado en multitud de áreas de servicio por las carreteras de España, justo en esta misma receta, con nata y beicon, más que en la original, con huevo y guanciale. Sí, yo también tengo un amigo italiano que me dice: “¡Pero eso no es carbonara!”. Y tiene razón, ya lo decían en el 15M: lo llaman carbonara y no lo es. Aun así, tengo que decir que se podía comer con cierto placer morboso. El precio, 4,50 euros. De segundo opté por las albóndigas con patatas. No me gustaron: en mi juventud fui adicto a las albóndigas de lata, que consumía en bocadillo, con spaghetti o a palo seco, ante el horror de mis seres queridos (“tío, tienes que dejarlo”), pero este plato de Mercadona ni siquiera me pareció que llegase al nivel de las albóndigas de lata más cutres, por no mencionar esas patatas panadera insípidas y algo blandurrias. Me costaron 4,75 euros. Al infierno con ellas. Más allá de las consideraciones gastronómicas, lo más triste de comer en un Mercadona es, simplemente, comer en un Mercadona. Al llegar tuve que hacerme hueco, casi a amables codazos, para embutirme en las mesas corridas (un tipo con sudadera y enormes cascos, enfrente, me miraba aburrido mientras movía el bigote), unas mesas llenas de gente demasiado cerca, algo hacinada, que se alimentaba mientras miraba una serie de Netflix con los auriculares en el móvil. Todo lleno: los ojos, la boca, los oídos.En vista del paisaje, me sentí como un animal cebado en una macrogranja. Igual quieren sacarnos el fuagrás. Para calentar el rancho, esperé en una paciente cola para meter el plato tres minutos en el microondas, como en un presidio, o como me han enseñado las películas que es un presidio. Tuve miedo de que se iniciara una reyerta entre los presos, así que mantuve cara de malas pulgas para hacerme respetar. Si uno quiere ampliar la experiencia de la prisión, recomiendo ir luego a uno de esos sitios de café de especialidad que parecen, tan austeros, una celda de alta seguridad en una cárcel de El Salvador. Hay, digo, mucha tristeza en comer en el Mercadona. La hostelería (un gremio, por cierto, crecientemente hostil con el cliente) también está triste y ha puesto el grito en el cielo: “¡Es competencia desleal!”. Un futuro sin cocina, comiendo en Mercadona, promete un porvenir pobre y precario, sin salario ni tiempo, sin casa buena, poco saludable y tristón —casi ciberpunk—, donde la alimentación cotidiana se convierte en un mero trámite dentro de la producción. Cocinar es cultura, es soberanía, es salud, es sociedad, es relax, ¡es diversión! En las mesas corridas de Mercadona comemos esa (hipotética) carbonara que es una mierda, pero que, demonios, tampoco está mal del todo. Los bros del fondo se piran sin recoger su basura, un rider deja su bolsa de reparto y calienta su plato de paella, el guardia de seguridad se da un paseo aburrido y nos mira con mueca de desconfianza. Y, mientras tanto, seguimos comiendo.
Fui a comer al Mercadona: la macrogranja cotidiana
Lo que podría verse como una merma en la calidad de vida, debida a la precariedad y el ajetreo, se maquilla como algo guay, preludio de un futuro sin cocinas









