No estaría de más que los jóvenes salgan a quemar lo que sea, en vez de echar la culpa de sus males a sus mayores como quiere el sistema
Las generaciones de los mileniales, los Z y algunos X, los nacidos en democracia para decirlo corto, son una panda de vagos, flojos y egoístas. Se quejan de su sueldo y de no poder ahorrar un euro, pero pillan vuelos y airbnbs baratos jurando ser ecologistas y abominar el turismo de masas. Lo quieren todo aquí y ahora, pero hacen cola de días por una entrada para ver a Bad Bunny el año que viene. Se frustran a la mínima, y se toman al pie de la letra al primer terapeuta que les dice que se prioricen y los demás que arreen. Hala, ya he soltado el mitin. ¿Ven qué fácil?
Está tirado caricaturizar a toda una generación, o dos, o tres, con cuatro trazos de brocha gorda que, sin ser inciertos del todo, son del todo falaces y, sobre cualquier otra cosa, injustos. Diré, en mi descargo, que no soy la única caricaturista. La periodista Analía Plaza, 36 añazos uno detrás de otro, ha publicado un ensayo titulado La vida cañón en la que nos mete a todos los boomers en el mismo saco. Partiendo de datos macroeconómicos de reparto de la riqueza, Plaza, como muchos de sus coetáneos, responsabiliza al presente bienestar de la generación nacida en los años sesenta del malestar y la falta de futuro de la suya, cuando cada boomer, como cada milenial, cada zeta y cada equis es un mundo.






