Culpar a un determinado grupo de edad de los problemas que tienen otros más jóvenes no es serio y empieza a resultar una cantinela

Estos años se ha popularizado la división generacional como una fuente de diagnósticos de todo tipo. Boomers, generación X, mileniales o generación Y… todos tenemos un lugar en un nicho cronológico de fronteras difusas. Genera...

ciones que no vienen marcadas por ningún acontecimiento histórico ni por hechos objetivos ampliamente reconocibles, sino por una serie de vivencias compartidas en función del calendario.

El fenómeno puede tener su interés, siempre que se asuma que la aproximación no es científica. Se trata, más bien, de un enfoque prosaico y de trazo grueso, más parecido al que usan la astrología o los horóscopos que al de las sesudas clasificaciones marxistas de la Escuela de Fráncfort. Cuesta creer que el peso específico de unas experiencias narradas en primera persona pueda determinar la vida de millones de seres dispares en diferentes latitudes. El testimonio autocentrado de un grupo tiene considerables limitaciones epistemológicas.

El problema es que, sin responder a un análisis sólido, la de las generaciones empieza a ser una cantinela perturbadora de efectos preocupantes, sobre todo cuando se abona la simplista demonización de una generación concreta. De momento, esa generación es la de los boomers, que parecen haber tenido el dudoso honor de vivir mejor que sus padres y que sus hijos. Los boomers son los privilegiados que han frustrado las expectativas, más o menos fundadas, de las siguientes generaciones, rompiendo así el contrato social que les garantizaba un reparto equitativo.