Entretenidos con el cuentecillo del enfrentamiento entre generaciones, no entendemos que la sociedad se divide, sobre todo, entre privilegiados y desposeídos

Cada vez que escucho a alguien que nació entre los cincuenta o los sesenta autodenominarse boomer me da una mezcla de rabia y vergüenza. Sería como llamar “mi chico” a un marido que tiene 70 años. Las hay. La obediencia con la que asumimos términos llegados del imperio da una idea de lo difícil que nos resulta crear nuestro propio lenguaje y asumir, como dice el ensayista Pankaj Mishra, que el momento de la desamericanización ha llegado. Así lo e...

xpresa Mishra: “Fueron los estadounidenses, con toda su influencia, quienes dieron prioridad a la felicidad individual por encima del bien común y relegaron los viejos debates sobre el propósito y el significado supremos de la existencia humana al ámbito de la vida privada de los ciudadanos”.

Aquel influjo estadounidense sigue alumbrándonos y haciéndonos creer que su cultura, incluyendo en esta las vanas aspiraciones, nos define. Mientras observamos a una sociedad que se resquebraja y repetimos aquello del fin del sueño americano, seguimos prisioneros de su música, su cine, su literatura y pensamiento, su orden moral. Palabras prestadas brotan de la boca de nuestros expertos hasta que consiguen, de tanto machacar, que sean las que utilicemos para nombrar los movimientos sociales. Nadie se planteó que hubiera una alternativa a woke, de tal manera que durante un tiempo los pioneros en usar el término advertían al público de su origen, tan incrustado por cierto en la historia americana, para luego explicarnos que wokes éramos los nuevos progresistas, dado que los progres ya habían caducado. Por su parte, el adversario asumió encantado el término como definición denigratoria, y todos tan contentos.