Muchos jóvenes no quieren asumir cargos de responsabilidad porque las condiciones no les compensan y prefieren priorizar su vida personal
“Los jóvenes no quieren ser jefes”, se lee con frecuencia en redes sociales y medios de comunicación, a menudo con intención de criticarlos, quizá, por su falta de ambición. Los miembros de la generación Z, pero también algunos mileniales, esgrimen que no les renta promocionar en sus empresas y asumir (más) responsabilidades porque la mejora salarial no compensa la carga mental que deberán enfrentar. Así, optan por mantenerse en sus puestos y no convertirse en jefes porque en sus actuales puestos tienen un horario y unas tareas con las que se sienten cómodos. Dicho de otro modo: tienen unas condiciones laborales compatibles con su vida personal. “Quiero llegar a casa y ver a mi hijo despierto”, argumentaba a este periódico una consultora que rechazó ascender en una Big Four hace unas semanas.
En los comentarios de ese artículo de Susana Carrizosa, algunos lectores aplaudían la decisión de quienes optan por no mandar: “Vida sabia. Otros valores”, concretó José María Imízcoz. Por su parte, Elena Alma contó lo que ha visto entre sus compañeros del sector tecnológico: “Las personas más felices que he conocido han sido las que han sabido dejar de correr detrás de la zanahoria y plantarse en un momento concreto: habían alcanzado una situación decente y sabían que no llegarían a ser CEO. Seguían trabajando bien, pero sin renunciar a vivir”.






