En mi casa se terminaba de comer a las diez y, a menos que quisiera meterme en un problema, debía estar empijamado y arropado para las once. Esa ventana de tiempo era el momento más recreativo del día, el paraíso del niño viviendo en anarquía, azúcar, televisión y videojuegos. Lo mejor era la libertad, porque por un rato el orden de mis acciones lo manejaba yo. Pero, como todo lo que da placer, venía con letra chica. Para las once los platos debían estar limpios, la mesa levantada, la basura afuera y el perro alimentado, y para irse a dormir había que estar bañado y con los dientes lavados. Después de todos esos quehaceres, lo que me quedaba para disponer era, en realidad, media hora. Que tampoco era constante, porque los días que venían los abuelos con los primos la pila de platos se multiplicaba, y si un día le pedía a mi hermano cargar con la basura, al día siguiente me esperaba una tarea extra.
La dinámica entre mi media hora para jugar y mis obligaciones es la misma que tiene el ingreso disponible con los gastos fijos. Justamente, el término se refiere al dinero que queda en la billetera luego de pagar erogaciones inevitables como servicios básicos y transporte. Existen muchas estimaciones sobre este indicador. Según la consultora Equilibra, en marzo cayó 1,9% interanual porque la inflación del mes (+3,4%) corrió por detrás de los gastos fijos (+5,1%). De hecho, viene bajando consistentemente desde la mitad del año pasado. Un informe de Empiria suma un dato elocuente. Los gastos fijos se llevan el 24% del ingreso, pero saltan al 33% en los hogares más pobres y se quedan en 14% en los más ricos. Se apilan cada vez más platos sucios, y para los que menos tienen, muchos más.











