Hay momentos en el año que funcionan como puertas de paso o interruptores en una rutina de trabajo que puede haberse convertido en una rueda de hámster. Son esos momentos en los que hacemos una pausa y el cerebro consigue ver las cosas desde otra perspectiva, aunque en la mayoría de los casos luego vuelva a lo mismo de siempre. Los propósitos de Año Nuevo en enero son los más estudiados, pero el mes de septiembre tiene una función psicológica similar, con la ventaja de que, durante las vacaciones, muchas personas han tenido más tiempo para observar su vida diaria con cierta distancia.

La ciencia de los nuevos comienzos

En 2014, los investigadores Dai, Milkman y Riis publicaron la teoría que denominaron el “efecto del nuevo comienzo”, que se basa en que los hitos temporales motivan conductas aspiracionales. Esto quiere decir que las fechas señaladas o los cambios en el calendario nos animan a ser mejores.

Esto se puede medir porque las búsquedas de la palabra “dieta” en internet, las visitas al gimnasio y los nuevos propósitos de mejora personal, como leer más o meditar, aumentan justo después de esas fechas bisagra. El mecanismo propuesto por los investigadores es que esas fechas crean una separación mental entre el “yo anterior” y el “yo nuevo”, permiten pasar página y dejar atrás los fracasos pasados, y facilitan el pensamiento a largo plazo, algo que normalmente no hacemos en el día a día.