El fin de las vacaciones de verano marca un punto de inflexión en los hogares. Desde hace unos días, la vuelta al cole va sonando cada vez con más fuerza. Para muchos adultos, representa el ansiado regreso al orden y a la conciliación familiar, mientras que para los menores se torna en una mezcla de emociones. El cambio de unos horarios a otros plantea un dilema recurrente para cualquier familia: ¿cómo debe abordarse el regreso a la rutina? No existe un consenso claro sobre si es mejor realizar un cambio drástico o si, por el contrario, se debe efectuar una transición paulatina. Los consejos y pautas son diversas y las familias necesitan de claves efectivas para poder abordarlo con éxito.Existe una creencia muy extendida que afirma que los niños se adaptan a cualquier situación con extrema facilidad. Si bien es cierto que la infancia posee una gran plasticidad y resiliencia, esto no significa que se deba exponer a los menores a los cambios de forma brusca o desconsiderada. La capacidad de adaptación no anula el esfuerzo cognitivo y emocional que les ha supuesto romper con el estilo de vida estival. Durante más de dos meses, la gran mayoría de los menores ha disfrutado del verano sin pautas rígidas ni horarios fijos. Romper de la noche a la mañana con esos hábitos para comenzar de nuevo la rutina del curso puede suponer un gran esfuerzo. Por tanto, el objetivo no debe ser simplemente que el niño sobreviva al cambio, sino facilitarle las herramientas necesarias para que el comienzo sea lo más llevadero posible.¿Cuánto tiempo se necesita para la readaptación?Como en cualquier aspecto del desarrollo humano, en el desarrollo infantil no es posible generalizar. El tiempo que requiere un menor para reajustarse y sentirse adaptado o habituado a la rutina escolar varía considerablemente de un niño a otro.Por un lado, existen menores que muestran una adaptación rápida, logrando sincronizar sus ritmos biológicos y emocionales en apenas tres o cuatro días gracias a una capacidad de adaptación más flexible o a una predisposición natural hacia el cambio. Por otro lado, existen niños que necesitan una adaptación prolongada, llegando a necesitar semanas para asimilar los nuevos horarios de sueño, las exigencias académicas y la vuelta a la rutina total.Este periodo de transición depende de múltiples factores, tales como la personalidad de cada niño, el desarrollo madurativo de cada uno, el entorno familiar y escolar o las experiencias previas del menor ante circunstancias similares. Cada caso es único y particular, por lo que las comparaciones entre hermanos, amigos o compañeros de clase no deben darse para motivar al niño, ya que generarán en él una respuesta contraria a la deseada.Flexibilidad horaria y adaptaciónLa velocidad de adaptación también está estrechamente ligada a la estrategia que adopte el propio centro escolar. La vuelta a la rutina no se experimenta igual en todos los colegios, existiendo principalmente dos modelos y metodologías de incorporación.Algunos centros optan por un modelo de inmersión directa, comenzando desde el primer día con el horario completo de mañana y tarde. Esto requiere un esfuerzo inicial mayor por parte del alumno, pero establece el hábito definitivo de forma inmediata, por lo que no hay transiciones. Otros colegios, en cambio, prefieren una adaptación gradual. En estos casos, durante la primera semana los alumnos asisten solo un par de horas al día, y a lo largo del mes de septiembre se mantiene únicamente el horario de mañana. La rutina real no llega hasta octubre, permitiendo que el menor se adapte poco a poco a los nuevos horarios y respetando sus ritmos y necesidades.Pautas para un acompañamiento respetuosoPara que la vuelta al colegio se lleve a cabo con éxito de una manera tranquila y efectiva, los adultos deben guiar a los menores con empatía y respeto a través de cinco pilares básicos:Ofrecer la anticipación precisa. Es importante no hablar del comienzo de curso tres semanas antes, ya que anticipar mucho los acontecimientos hace que, en lugar de generar calma y seguridad, se genere estrés y desconcierto.Cuidado con el exceso de información. Con la mejor intención de proporcionar datos al menor sobre lo que va a suceder, en ocasiones, los adultos aportamos información poco adaptada a la edad y la comprensión del niño, generando miedos y pensamientos que ni él mismo se había planteado en un inicio.Las emociones se contagian. En muchas ocasiones, aparecen emociones que arrastran a toda la familia. Si los progenitores están muy emocionados, puede que el niño no pueda parar de pensar en este nuevo acontecimiento o, por el contrario, si los padres tienen miedo y se sienten inseguros, pueden trasladar este sentimiento a los hijos. Es necesario no contagiar dichas emociones a los niños.Abrazar las emociones incómodas. En este proceso aparecerán sentimientos incómodos de acompañar y sostener, pero es la oportunidad perfecta para escuchar sus temores, validar sus emociones, crear un espacio seguro donde poder ser en esencia y querer de manera incondicional.No es momento de realizar más cambios de manera simultánea. Si estamos pensando en iniciar algún otro proceso importante en la vida del menor, es preferible esperar un tiempo prudencial y respetar sus ritmos, dando espacio a cada proyecto de manera individual.