Actualizado Viernes,
agosto
07:05Una extra�a relaci�n de amor y odio vincula estos d�as a los ceut�es m�s soliviantados por la crisis migratoria con la Polic�a Nacional que porf�a para mantener el orden de una ciudad cada vez m�s levantisca.Buena parte de los caballas, instintivos defensores de los cuerpos de seguridad, han llegado a la misma conclusi�n: la �nica forma de acabar con su pesadilla es acosar a los reci�n llegados hasta que decidan irse por su propio pie. Si eso incluye rodear sus asentamientos, quemar sus chabolas y boicotear el reparto diario de alimentos, parecen m�s que dispuestos a hacerlo.Enfrente, en cambio, se encuentran con cientos de agentes de la Polic�a Nacional, a quienes se les ha encargado una misi�n endiablada. S�, deben proteger la integridad de los reci�n llegados, pero sin incendiar a�n m�s los �nimos de una ciudadan�a quemada tras casi un mes de imposible convivencia. Y con la que, seg�n admiten en privado los mandos del dispositivo, est�n m�s de acuerdo de lo que pueden mostrar vestidos de uniforme.Este choque de intereses lleva a situaciones berlanguianas. Por ejemplo, que los mismos manifestantes que corean ��Orgullosos de nuestra Polic�a!� hasta quedarse af�nicos pasen, en cuesti�n de minutos, a estar a mil�metros de liarse a palos con un grupo de agentes que les bloquea el paso con la mirada clavada en el asfalto.As� ocurri� ayer, al caer la tarde, en la carretera que une el centro de la ciudad con la playa del Trampol�n, donde se agolpan cientos de inmigrantes sin techo. Tras un frustrado intento de boicotear el trabajo de avituallamiento de la Cruz Roja con una sentada improvisada, una quincena de vecinos se salt� los controles policiales y prendi� fuego a varias chabolas reci�n construidas en la arena, entre los aplausos de cientos de ciudadanos.Hubo minutos de una extra�a coreograf�a entre polic�as y manifestantes. Los antidisturbios amagaban con cargar, pero claramente era lo �ltimo que deseaban. Los vecinos tiraban mochilas y toallas a las improvisadas hogueras, pero miraban permanentemente hacia atr�s, como pidiendo el benepl�cito de los agentes policiales. �Ellos pueden hacer fogatas, pues nosotros tambi�n�, justificaba uno de los j�venes en un v�deo que difundi� en redes sociales.As� siguieron, envueltos en una espesa humareda gris�cea, hasta que alguien dio la instrucci�n a los polic�as de que progresaran unos metros. Bast� ese peque�o gesto para que la avanzadilla regresara de inmediato al abrazo del grupo, que los recibi� como h�roes urbanos. ��Invasores, expulsi�n! �Los caballas nunca se rinden!�, coreaba la multitud, empleando el orgulloso calificativo con el que se identifican los moradores de la Ciudad Aut�noma espa�ola.Una pareja de treinta�eros debat�a la jugada justo despu�s. �Mira c�mo se r�en de nosotros los moros, �somos unos pringados!�, dec�a el chico mientras se�alaba la playa. �Te entiendo, pero lo �ltimo que podemos hacer es enfrentarnos a la Polic�a: son ellos los que nos protegen�, le replicaba su pareja.Fue el momento m�s tenso de la tercera jornada de protestas de los ceut�es tras cuatro semanas de crisis migratoria. Al menos dos millares de vecinos, seg�n fuentes policiales, formaron columnas desde las distintas barriadas y convergieron al atardecer en la Playa del Trampol�n, teatro diario de una de las escenas que m�s les soliviantan: el reparto de comida gratuita a los reci�n llegados. ��La Cruz Roja es una mafia!�, se desga�itaban durante una sentada que no consigui� evitar el auxilio a los inmigrantes.El mismo dilema entre acosar a los �invasores� y cumplir las �rdenes de la Polic�a se reprodujo minutos despu�s. Un petardo cay� desde una callejuela sobre la comitiva cuando ya se dirig�a de la playa a la Delegaci�n del Gobierno, otro de los focos de su c�lera. Medio centenar de manifestantes, apenas adolescentes, no lo dud�: treparon escaleras arriba a la caza de los culpables, entre los lamentos de los m�s veteranos: ��Violencia noooooo!�.Los antidisturbios les siguieron por las callejuelas y parec�an dispuestos, est� vez s�, a cargar contra los manifestantes. Falsa alarma: la escisi�n decidi� volver sobre sus pasos y unirse a la mayor�a sin dar explicaciones. El gesto de alivio de los agentes demostraba su consuelo ante la precaria paz que volv�a a estar vigente.La comitiva sigui� su paso hacia el centro de la ciudad, ya m�s alejada de los inmigrantes y, por tanto, con un humor menos inflamable. Pero una muchedumbre as�, sin liderazgo claro ni m�s programa que desfogarse, resulta una pesadilla para los cuerpos de seguridad. No hay interlocutores con quienes negociar ante cualquier incendio sobrevenido: s�lo cabe confiar en que el instinto de orden de los caballas sea m�s fuerte que su af�n de venganza.Ya frente a la Delegaci�n del Gobierno, entre una marea de banderas rojigualdas y c�nticos de �Yo soy espa�ol�, un chaval peg� una sonora patada a una papelera. Fue visto y no visto: dos se�oras que caminaban justo detr�s se apresuraron a colocarla en su sitio.















