La llegada a Cala Gració ofrece una vista panorámica de la playa, con una extensa área de arena ahora ocupada por camas balinesas que han sustituido a las tradicionales hamacas. “Antes íbamos al chiringuito con mi familia a comer pescado, que era de los más baratos y buenos de la isla”, explica Laura Prats, de 28 años y oriunda de Sant Antoni. Ahora, siguen yendo casi cada día a la cala, pero se instalan en la parte rocosa, junto a las tradicionales casetas de pescadores, desde donde se bañan sin consumir. ¿El motivo? El antiguo chiringuito ha dado paso a un negocio orientado al turismo de alto poder adquisitivo y consumir allí ha dejado de estar al alcance de muchos residentes.

Cala Gració y Cala Gracioneta están conectadas por mar y también por un pequeño camino de tierra que serpentea por la parte superior del acantilado que las separa. En el imaginario colectivo ibicenco existe una práctica no escrita, pero ampliamente compartida: cruzar a nado desde la primera hasta la segunda, más pequeña, recóndita y de aguas todavía más turquesas y cristalinas. Desde hace tiempo, sin embargo, la hermana pequeña de estas dos calas ha dejado de ser un lugar para sentarse a comer o tomar algo si uno no está dispuesto a asumir los precios del restaurante.