El horizonte de M. son las moles blancas de dos hoteles, las terrazas sombreadas de unos restaurantes, la playa atiborrada de hamacas. Un cuadro donde cada elemento se deforma víctima de la perspectiva; turistas pequeños caminando sobre una pasarela de madera que sigue el perfil de la costa. M. observa el paisaje desde una cuarta planta, tenga ganas de otearlo o no. Cada madrugada –cuando se despierta– y cada mediodía –cuando vuelve del trabajo–, la misma postal inevitable. Es el peaje de vivir sin cortinas ni persianas. Esta anomalía –al menos, en el Mediterráneo– no fue el capricho de un arquitecto calvinista, una sociedad que apuesta porque lo que ocurre dentro del hogar pueda verse desde la calle. El piso de M. no tiene ventanas porque –sencilla y llanamente– no es un piso.

Este hombre –pelo canoso, unos cuarenta años, apátrida del Sáhara Occidental– es un okupa. Al menos, con la ley en la mano. En una tienda de campaña duerme. En un hornillo a gas cocina. Con la malla de una obra se protege del sol, del viento, de un traspiés que podría ser fatal. Como cantaban Los Delinqüentes y Kiko Veneno, las paredes son de aire: M. vive en el esqueleto de un hotel de lujo que se quedó a medio construir cuando estalló la burbuja inmobiliaria. ¿El motivo? Este ayudante de cocina no encuentra un alquiler “digno” que no devore el sueldo que gana trabajando en otro hotel que sí funciona: 1.800 euros al mes, finiquito aparte cuando la temporada eche el cierre en octubre.