Si Carlos pudiera elegir, preferiría que el tipo malencarado que le ofreció un techo en España no tuviera la mala costumbre de destruirlo todo cada vez que se emborracha. Le gustaría no saber cómo cambiar una cerradura a las tres de la mañana. Que su exmujer embarazada pudiera vivir con su actual pareja en otro sitio y no tener que compartir cama con ellos. Carlos elegiría trabajar de sol a sol, aunque el precio del alquiler se coma todo su sueldo, y no dormir escondido, como un delincuente. Si a Carlos este país le hubiera dado "chance" (oportunidades), asegura, no viviría aquí.

La casa de Carlos está en un rincón peculiar de la costa sur de Tenerife. Una esquina de la isla devorada por el turismo masivo, que recibe más visitantes al año que toda República Dominicana: unos siete millones de británicos, alemanes, franceses, rusos... Un lugar ubicado entre un barranco y la carretera que lleva a la localidad de Adeje. Del que solo se puede salir en guagua hasta para ir a comprar el pan. Un sitio que tiene un parking flanqueado por enormes palmeras, un spa, un salón de eventos, un parque infantil con tobogán, minigolf, pistas de tenis, piscina. Carlos vive en un hotel. Lo que su familia no sabe es que este es el único de la zona donde no verán turistas. Ni a un vecino.