Hace ya meses que Marta pasó a mejor vida, pero su prole le ha tomado el testigo. Las cinco familias que viven de alquiler en el número 19 de la calle de Javier de Burgos de Cádiz tiraron de fina ironía para bautizar a la rata más gorda del lugar antes de conseguir aniquilarla. Tanto el humor como ese destino final, a base de pegamento y queso gouda, fueron en legítima defensa. Ambos son mecanismos para sobrevivir como se puede a un infierno de humedades, derrumbes, plagas y bajantes destrozadas que obligan hasta a algunos vecinos a hacer sus necesidades en una bolsa. Viven desde hace más de dos años en “la inhumanidad” —como la define con tino Desirée Gómez, una de las afectadas—, en la que se vieron atrapados cuando la sociedad estatal Sareb se hizo con la propiedad de su inmueble.
El penetrante olor a aguas fecales que invade la planta baja del inmueble muta al de humedad de las otras tres alturas. Hace ya tres meses que la bajante general reventó y vierte las aguas negras a un bajo abandonado, atestado de muebles y basura, así que Óscar Bottaro y su pareja, vecinos del primero, llevan ese tiempo haciendo sus necesidades “en una bolsa”.
Hay desprendimientos y derrumbes acá y allá, como el que tiene casi suspendida en el aire la bañera del cuarto baño de Nawal Abid y sus cuatro hijos, los inquilinos del segundo. Las grietas de las cubiertas se convierten en cataratas de interior cada vez que llueve en las casas de Gómez y sus vecinos de puerta del tercero, Abderrazak Salim, su mujer Khaula y sus hijos. “Consuelo a los niños diciéndoles que al menos tienen un techo, que miren cómo están en Gaza, pero me contestan que ellos no están en una guerra”, explica desesperada Khaula.






