“¿Quién me paga un tinto de verano? Es que ahora soy homeless”, dijo el sábado un amigo. El tono y el anglicismo buscaban quitarle hierro al asunto pero la cómica mueca de su cara al final reflejaba dolor. Como si fuese lo más normal del mundo nos explicó que de momento va a vivir en su estudio. Su casera le ha subido de golpe el alquiler a un precio inasumible. Por las mañanas intenta abandonar el edificio al amanecer, antes de que llegue el portero, para volver a entrar con él aposentado en la garita y así lograr que el paisano no sospeche que está durmiendo en un lugar sin cédula de habitabilidad. Hace bien. Los centinelas de los portales pueden ser más despiadados que policías secretas de la RDA y encima si se enteran de que te lavas por parroquias son capaces de cosas horribles, como dejar de tratarte de usted.
Vuelven a subir los alquileres (en Madrid la media se sitúa ya en 1.700 euros) y está pasando en España con los inquilinos lo mismo que pasa en Estados Unidos con los migrantes: hay poderosísimos grupos de presión empeñados en endilgarles reputación de delincuentes solo por existir. En este caso de momento las palizas se propinan a base de subidones de renta, tan disruptivos, tan paralizantes, tan crueles, que obligan al que los sufre a migrar dentro de su misma ciudad o a ser un extraño en su propia vida.






