En 1972 se construyó, junto a las playas de es Pouet y es Pouetó, entre el primer y el cuarto hito del término municipal de Sant Josep, un chiringuito revestido de blanco, rótulo con letras azules (“Es Puetó”), junto a un embarcadero de esta zona de la costa suroeste mediterránea de Eivissa. Durante casi cinco décadas ha atendido a sus clientes sobre la arena, con los pies descalzos sobre el muelle en el que está edificado mientras los camareros servían mojitos por cinco o seis euros, cerveza fría y platos combinados por precios asequibles tanto para turistas como para trabajadores.

Se trata de un rara avis en la oferta de restauración actual, sobre todo en la costa, que se ha ido pervirtiendo año tras año casi desde el boom turístico. Primero, edificando hasta no dejar casi ni un hueco disponible y, segundo, transformando las construcciones erigidas casi en los mundos de Poseidón en un proceso de elitización y viraje hacia el lujo: hasta hoy, en es Puetó se sirve y se come en mesas y sillas de plástico, 96 en total esparcidas por 54 metros cuadrados de sombrajo del dominio público marítimo-terrestre.

El dueño del chiringuito –donde finaliza el municipio de Sant Antoni– lo puso a funcionar mediante una concesión administrativa otorgada en 1969, casi de la mano de la turistificación –recién se había estrenado tres años antes, en 1966, el aeropuerto–, y después de que esa concesión se extinguiera en 1984, el explotador continuó funcionando con autorizaciones temporales.