0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialPuedo idealizar una cala recóndita como la que más, pero como persona nacida y crecida en la Costa Daurada, la playa siempre será para mí un lugar ancho y largo al que se llega andando o en autobús municipal.Desconfío al instante de los barceloneses que presumen de no ir jamás a la playa a su propia ciudad. Está sucia y abarrotada, te dicen. Lo primero se lo habrán contado, puesto que no la pisan, y lo segundo es un triunfo. Las playas urbanas son uno de los pocos lugares en los que el espacio público se ordena a la vez de una manera reglada y anárquica. Están en mutación constante (la población de una playa cambia cada minuto) y tienen un porcentaje bajísimo de conflicto. En un momento en que las ciudades están tensionadas y segregadas, contar con kilómetros de espacio público no explotado y ver cómo se despliega allí una convivencia interclasista natural es poco menos que un milagro cotidiano. Y aun hay gente que se permite despreciarlo. Llibert TeixidóHasta la palabra playa tiene en sí misma un poder magnético. Lo saben los vecinos del barrio barcelonés de la Prosperitat, que cada julio disfrutan de una playa urbana desde hace más de 40 años, un éxito comunitario y vecinal que concentra un torneo de vóley, casals del barrio, cine al aire libre y una fiesta de la espuma.Ver como se despliega ahí una convivencia interclasista natural es un milagro cotidianoLa arena también está en disputa este verano. Hace unos días, un grupo de activistas en Calvià invadió una pequeña playa privatizada de facto por una cadena hotelera. Llegaron allí con flotadores, jugaron a las palas, se dieron unos chapuzones y se fueron. Los vecinos de la Malvarrosa en València que insisten en bajar a cenar cada noche con sus mesas de camping como han hecho siempre, aunque moleste a los restaurantes con terraza de la zona, participan del mismo impulso revolucionario. Defender el derecho propio a comerse un bocadillo al caer el sol con la brisa en la cara es haberlo entendido todo bien como ciudadano.Tenemos cerca el nefasto ejemplo de Italia, donde movimientos como Mare Libero intentan, con mucho esfuerzo, deshacer el efecto de décadas de política de playas privatizadas, con unos lidi de adjudicación dudosa que han convertido toda la costa en un patchwork de tumbonas caras. Viéndolas queda claro que no hay que ceder ni un puñadito de arena.
La playa en disputa, por Begoña Gómez Urzaiz
Puedo idealizar una cala recóndita como la que más, pero como persona nacida y crecida en la Costa Daurada, la playa siempre será para mí un lugar ancho y largo al que se llega andando o en autobús municipal. Desconfío al instante de los barceloneses que presumen de no ir jamás...









