La playa es quizá el único espacio urbano donde los límites entre lo público y lo privado se disuelven por completo. Tendida sobre la arena, la gente se comporta con la intimidad de quien está en casa y con la exposición de quien ocupa una plaza. Esa ambigüedad en la que lo colectivo es vivido como propio, convierte la playa en el lugar común más radical de la ciudad, un espacio donde la condición pública no se impone sino que se habita sin resistencia. Es una idea que el arquitecto alicantino Alfredo Payá expuso en las conversaciones recogidas en el proyecto Lecciones Inesperadas un Paseo por Alacant: conversaciones sobre el espacio público.
La playa como laboratorio de convivencia, como el territorio donde la ciudad suspende temporalmente su jerarquía.
En ningún otro lugar de la ciudad los cuerpos se ordenan con tanta naturalidad en horizontal. La arquitectura metropolitana se empeña en la altura mientras la playa baja el volumen y extiende un plano continuo donde el suelo funciona como soporte compartido. Esa escena aparentemente banal de gente tumbada, niños que corren, vendedores que cruzan la arena… Es el resultado de décadas de decisiones de proyecto. La playa urbana es un artefacto cuidadosamente diseñado, aunque se disfrace de naturaleza domesticada. El mar parece eterno. Lo que cambia es la forma en que la ciudad se acerca a él.







