Oliver llora frente a la chimenea del salón de su casa. Su mirada está a la vez perdida y concentrada. Las llamas parecen ser el único consuelo para su corazón roto. Su gran amor, Elio, acaba de contarle por teléfono que se va a casar. Está devastado, derrotado, triste. En ese momento solo le sale vincularse, comunicarse, con el fuego. Solo escucha su crepitar, como si este le abrazara. El único capaz de representar lo destrozado que se siente por dentro, poseído por una pena en combustión, hecho cenizas.

Así concluye una de las películas más hermosas de los últimos años, Call Me By Your Name, de Luca Guadagnino. No es la única en la que el fuego, una chimenea, una hoguera o un incendio aparecen como un personaje más. Como símbolo, poder, metáfora, como una imponente realidad que genera fascinación y terror al mismo tiempo, que arrasa y atrapa, que lo puede todo. Como los incendios que cada verano –incluido por supuesto este– destruyen, obligan a personas a desplazarse, se cobra vidas, genera despliegues de bomberos, pone todo en riesgo.

Una historia que se repite anualmente, y que sin embargo, cuando llega el invierno y bajan las temperaturas, se cierra. Como un libro, como una película, como una puerta. Pero no. Siempre vuelven.