Todos los fuegos son el mismo fuego, algo parecido nos quiso decir Cortázar en uno de sus cuentos, una historia de gladiadores y cigarrillos apagados al borde de la cama. Lo tituló 'Todos los fuegos el fuego' y, entre otras cosas, Cortázar nos vino a decir que el fuego, el amor y la muerte son fenómenos capaces de ser una cosa y su contraria. Porque el fuego es principio y fin, cocina y apocalipsis, una hormona de la imaginación y una metáfora de la ruina cuando del amor sólo quedan las cenizas.

La geometría de los azares revuelve mi memoria en estos días de fuego. Con la canícula me traslado hasta el Valle del Tiétar, donde leí a Cortázar en tardes de siesta. De un rincón del valle eran mis abuelos y también los abuelos de mi padre. Por todo ello me cuelgo del hilo, un cordón emocional por el que vuelan las pavesas de largos veranos al sur de la sierra de Gredos, ahí donde maduraban los higos con los últimos calores mientras yo aprendía a besar y a escupir blasfemias; palabras encendidas como las que ahora trago por no ensuciar la hoja. Contengo la ceniza y las ganas de pendencia en la boca, y vuelvo a montar en bicicleta por los caminos de vacas, a llamar por su nombre a las estrellas, a sumergirme en las albercas donde no se hace pie y, sobre todo, a respirar la libertad de la noche con la música de fondo que traen las orquestas.