La culpa es de Prometeo. Mientras decenas de políticos se afanan en lucir palmito con un "outfit" especial para incendios, comienzan los reproches cruzados. Sin embargo, de nada vale tanto cinismo iletrado, si la responsabilidad en este caso recae en un titán de la mitología griega que desafió a los dioses robando el fuego divino y entregándoselo a los hombres. Olvídense, pues, mamarrachos de izquierda y de derecha, de cruzar recriminaciones incendiarias, porque esta vez lo tienen fácil. Si Prometeo hubiese sido consciente de la incapacidad del ser humano, en su eterna codicia, para domesticar el fuego quizá hubiese evitado que nos convirtiéramos en fideicomisarios de nuestra propia devastación.Paradójicamente, la especie humana evolucionó gracias a la domesticación de esa fiera de mil lenguas que es el fuego. Con toda probabilidad, fue el acontecimiento nuclear de la evolución civilizatoria de la humanidad en la Tierra. Incluso la primera Revolución Industrial fue, en realidad, una revolución pírica, con todas su máquinas, artificios y motores que transformaron nuestra existencia.Sin embargo, hemos perdido el control sobre el fuego. El hombre conquistó el fuego y corremos el riesgo ahora de que el fuego conquiste al hombre, como si Prometeo, consciente de su error, regresase para enmendarlo. Si el dominio del fuego hizo posible el Antropoceno, la Edad del Hombre, la pérdida del control sobre el fuego puede ser la antesala al infierno de una nueva era llamada el Piroceno, la Edad del Fuego.Cierto es que el problema de los incendios forestales no es nuevo en España, como atestiguan los vestigios hallados en Atapuerca respecto a los primeros pobladores de la península. Hasta bien entrado el siglo XX, los incendios forestales eran generalmente escasos y afectaban a superficies reducidas. Sin embargo, es a partir de mediados del siglo XX, los habitantes del medio rural pasan a perder el control del fuego por varias razones, siendo la primera de ellas el éxodo del campo a la ciudad que genera una pérdida irreparable de la cultura de la protección territorial. Este fenómeno es irreversible como es irremediable la incapacidad manifiesta de políticos de todas las Administraciones para prevenirlo. En invierno, hibernan en sus despachos con aire acondicionado. En verano, rezan para que no haya incendios y, si los hay, se afanan en construir un relato y una iconografía mórbida para una sociedad palurda que se conforma con casi todo. Mientras tanto, quienes se juegan la vida verdadera, no la política, miran al cielo y como en el relato de Julio Cortazar, exclaman. "Va a ser duro, hay viento del norte, Vamos".