El fuego se ha convertido en compañero de nuestros veranos. Lo ha sido siempre, se apresuran a decir quienes se resisten a llamar las cosas por su nombre. Convengamos que la presencia del fuego no es por sí sola una novedad. Cualquiera con edad de andar por el mundo sin chupete a finales de los ochenta recordará la cancioncilla: “Todos contra el fuego, todos contra el fuego. Tú lo puedes evitar”. La cantaba un grupo risueño de gente famosa en aquellos anuncios del Instituto de Conservación de la Naturaleza, el ICONA, responsable desde 1971 de las campañas de prevención de incendios forestales, mientras simpáticos excursionistas coqueteaban con acciones peligrosas para el monte. Tras el segundo de duda, la colilla terminaba en el cenicero, la cerilla se apagaba y la parrilla quedaba sin rescoldos, limpísima. Tú lo puedes evitar.No fueron los primeros. En 1962, la Dirección General de Montes escogió al conejo Fidel, guarda forestal de dibujos animados, para concienciar a la sociedad de su responsabilidad desde antes de la primera chispa. La colilla, la cerilla y las hogueras inadecuadas se identificaron como las causas contra las que luchar. Los pequeños gestos evitan los grandes desastres. La responsabilidad estaba en nuestro tejado.El fuego ha estado presente desde que tenemos memoria, sí, pero no este contexto de voracidad explosiva. Cuando la nueva normalidad es intercalar pequeñas olas de temperatura habitual entre tsunamis de calor terrorífico, cuando la suma de ingredientes extremos ya no es anécdota sino tónica diaria, cuando vemos miles de desalojos e incendios casi imposibles de apagar, no podemos empecinarnos en el todo sigue igual. La prevención continúa siendo clave, pero los pequeños gestos ya no llegan. Necesitamos lo que vemos que funciona en la extinción: multiplicar medios, coordinar la acción de los diferentes niveles del Estado, que cada cual ejerza y financie las competencias que le corresponden.Sabemos también qué no funciona. Negar los problemas. Dejar las competencias en manos de quienes niegan esos problemas. Bonificar impuestos a las grandes fortunas en vez de dedicar partidas generosas a los servicios públicos. Permitir que lo que se niega termine explotando. Desentenderse cuando esto sucede. Echar la culpa de lo sucedido a la inmigración, Europa, el ecologismo, el feminismo, mi rival político… Por eso toca politizar los incendios. Porque es imprescindible dar una respuesta política ya, sin esperar a los lamentos de la próxima temporada de incendios.
Politizar el fuego
Los incendios han estado presentes desde que tenemos memoria, sí, pero no este contexto de voracidad explosiva














