Los incendios se pueden prevenir, y es obligación de los poderes públicos actuar para minimizar sus efectos y evitar repetir la tragedia de este verano

Con la funesta puntualidad de todos los veranos, los incendios forestales han vuelto a asolar amplias zonas de España y, en un momento de fortísimas olas de calor agravadas por el cambio climático, han superado de nuevo los ya desoladores registros del año anterior. En agosto de 2025 se había contabilizado en Ourense el mayor fuego de la historia de España, con más de 37.000 hectáreas carbonizadas, una triste marca que no ha permanecido vigente ni 12 meses, rebasada ahora por las más de 50.000 que han devastado las llamas en la provincia de Ávila. El número de personas evacuadas o confinadas en sus casas ha alcanzado en los últimos siete días las 115.000, algo nunca visto en décadas. Y todo esto, apenas dos semanas después del incendio que acabó con la vida de 13 personas en Los Gallardos (Almería).

Como cada año también se vuelve a pronunciar por todas partes la manida frase de que “los incendios se apagan en invierno”. Lo llevamos escuchando desde hace ya demasiado tiempo, pero la sensación es que llega el verano con su inevitable rastro de llamas y casi nada parece haber cambiado desde el anterior. En medio de la emergencia, asistimos al rasgar de vestiduras general y a las proclamas de los políticos en favor de medidas para impidan que los desastres se repitan. Hasta que viene el otoño, los partidos retornan a sus batallas habituales y el asunto queda enterrado a la espera del siguiente estío con su eterna cantinela.