A veces el verano huele a quemado. La bruma rojiza cubre el cielo. El humo pica en los ojos, irrita la garganta. Parece que hay un incendio, dice alguien. No hace falta oírlo en las noticias. Lo sabes. Y la certeza te deja el corazón en un puño. Porque también sabes qué trae el fuego. Hectáreas de montes y bosques devastadas. Tierras negruzcas. Palitos que sobreviven tiesos, como banderas fantasmagóricas, donde árboles vigorosos dominaban orgullosos el paisaje. Vecinos obligados a abandonar sus casas a la carrera, sin saber si volverán. Animales perdidos. Heridos y, en el peor de los casos, muertos. Pérdidas cuantiosas, irrecuperables y mucho dolor.
Las noticias sobre incendios son un eterno lamento. Un estallido de indignación que se apaga en cuanto el fuego desaparece de los informativos. En la tierra que arde queda el dolor, el paisaje y las consecuencias, desde las pérdidas personales al manto de cenizas que cubre los suelos y que puede convertirse en riadas de lodo con las primeras lluvias.
En el resto del país, los incendios volverán a ser noticia el año que viene. Volverán, porque los incendios no son gratuitos y con la biodiversidad en cada quema se pierden también barreras naturales contra el fuego. Volverán porque las olas de calor han venido para quedarse y no prenden la chispa, pero regalan el combustible. Volverán porque nuevas circunstancias, como el cambio climático, amplifican problemas estructurales. Volverán, porque los diagnósticos se pierden en vaguedades discursivas para eludir responsabilidades y, de paso, acusar al contrario.







