Hoy la temperatura ha alcanzado 45 grados y le he hecho una foto a mi geranio, cuyas hojas crujientes se desbaratan si las rozas: está muerto. Hoy, también, he pasado la tarde pegada al teléfono porque dos de mis amigos se encuentran en una zona donde se ha declarado un incendio.
— ¿Estáis bien?
— Sí, no nos han desalojado.
— Bueno, pero no bajéis la guardia, cargad los móviles por si tenéis que salir corriendo.
Hoy, media España arde literalmente; la otra lo hace figuradamente, igual que ayer, mientras miles de personas se empeñan en continuar con unas vacaciones que conllevan viajes de largo recorrido, vermús al brindis de este sol que parece un verdugo, festivales y vírgenes en angarillas. Sin embargo, todo lo que hoy se concentra en la convención de un reloj que ha girado sólo 24 horas responde a una estación que ya no es como era, y nos devuelve el malestar de un extrañamiento sentido a veces inconscientemente, otras veces desde la alerta informada. Quiero decir: el verano se ha bifurcado entre el placentero asueto de los días luminosos y la imposibilidad de llevar a cabo sus tradicionales usos y costumbres debido a la crisis climática. Se observa mejor el fenómeno a partir de ejemplos.







