Hace un par de semanas, salí del periódico a las 19.59 y, en cuanto puse un pie fuera, supe que me acababa de convertir en la protagonista de una película distópica. No es tan raro. A veces estoy en una comedia, otras en una de miedo. Aquel día era una distopía, no había duda. Además de la calima habitual ...

de mediados de julio, ese calor de estar frente a un horno abierto, me golpeó un intenso olor a chamusquina. Trocitos de ceniza iban cayendo y formando pequeños remolinos en el suelo. Había también una brisilla calenturienta, como si varias personas te echaran su aliento encima tras haber fumado una cajetilla.

La protagonista que soy de mi propia vida empezó a escuchar los primeros acordes de una banda sonora con rollo inquietante. Cada persona puede elegir la música que quiera para su momento apocalipsis particular. Las ocasiones para hacerlo cada vez abundan más, y películas para elegir tenemos montones. Yo me puse la de Interstellar, que muchas veces me ayuda a darle un poco de salseo a mis cuadriculados días. El tema Dust, con lo que parece el llanto de violines, le venía que ni al pelo a la escena: salgo del confortable aire acondicionado de mi empresa y en cuanto llego a la calle palpo que algo raro está pasando. Y lo que estaba pasando ya lo saben: un incendio a 52 kilómetros al suroeste de donde me encontraba quemaba 3.200 hectáreas en Méntrida (Toledo).