“El calor denso y húmedo que cubría como un manto el rostro de la tierra aniquilaba de raíz cualquier esperanza de sueño. Las cigarras ayudaban al calor, y el aullido de los chacales a las cigarras”. Con estas palabras comienza La ciudad de la noche atroz, un relato corto del autor anglo-indio Rudyard Kipling que plasma con admirable perspicacia la canícula nocturna en una ciudad del norte de la India. Cuando las altas temperaturas arrojan a los cuerpos —cuyo mayor prodigio es respirar— a la intemperie, y la ciudad adquiere una apariencia espectral.
La atmosfera asfixiante de la llanura indogangética que describe Kipling ha sido entre nosotros un fenómeno exótico, literario y lejano. Cada vez menos. En el mes de junio España experimentó un inusual episodio de noches criminales con temperaturas mínimas 10 grados centígrados por encima de lo normal
Por otra parte, en la India, el Consejo de Energía, Medio Ambiente y Agua (CEEW, por sus siglas en inglés) informa que el patrón del calor ha cambiado en la última década en un 70% de los distritos del país, aumentando con mayor rapidez el calentamiento nocturno que el diurno. Con el agravante de que las noches sofocantes dificultan la recuperación del cuerpo y lo debilitan para hacer frente a las máximas del día siguiente.






