Un verano de calor extremo, fuegos devastadores de proporciones históricas tras episodios de lluvias también extremas, múltiples evidencias sobre cómo nos adentramos en una realidad distinta y, como consecuencia, familias rotas por el dolor de perder su hogar y el entorno en el que han vivido o, lo que es peor, seres queridos en la catástrofe.
Una realidad en la que, a la desazón por el cambio climático y la dureza de los escenarios más probables, se añade la gran paradoja de la negación, la que acusa a la ciencia de estar al servicio de una ideología, la que considera despilfarradores a quienes impulsan la acción climática o la que se esfuerza en subvertir el orden internacional, y los programas de colaboración científica y de cooperación solidaria.
Como si la seguridad, la calidad de vida, la competitividad y la convivencia pacífica en las sociedades no estuviera directamente relacionada con el clima y el modo en que consumimos recursos o el desarrollo de capacidades para reaccionar frente a grandes incendios, inundaciones o temperaturas extremas.
No es nuevo, pero el tiempo muestra el creciente drama al que nos enfrentamos y las terribles consecuencias que tiene negar lo obvio y no invertir en una mejor preparación para lo que, muy a nuestro pesar, cada vez ocurre con mayor virulencia y frecuencia.







