Cuando tienes veintipocos, hay un momento en el que sientes que el verano se acaba y que tienes que tomar decisiones con urgencia. Y eliges caminos raros que distan mucho de la persona que eres, pero lo haces por la presión de que tienes que hacer algo para exprimir el tiempo. Te reúnes con tus amigos para ver si alguno te da la buena —y sorprendente— noticia de que lo han contratado en el sitio donde hizo prácticas; en esas conversaciones también se habla de qué fármaco les ayuda con el insomnio y, mientras, tú sigues analizando que, antes de preguntarnos cómo estamos, hemos hablado de cuál es el proyecto en el que invertimos nuestro tiempo. Como si fuéramos máquinas cuyo único objetivo pasase por buscar la máxima eficiencia, como si eso fuera sinónimo de felicidad. Porque estar haciendo algo, aunque nadie sepa si lloras, tienes ansiedad o no puedes más, es el signo indiscutible de que tienes éxito en nuestra generación.
Ángel Panero Lema. Madrid
Desde hace días el sol en El Bierzo permanece naranja, oculto tras espesas cortinas de humo. Junto al insoportable olor a quemado se respira un aura de dolor y tristeza sin precedentes. El fuego se ha llevado en León dos vidas y la pérdida ambiental es ya incalculable. Mientras todo esto ocurre, al presidente de la comunidad le molesta que le pillen en plena comilona en Asturias, y al alcalde de Ponferrada le parece buen momento para borrar un mural en reconocimiento a Nevenka. Las prioridades, al parecer, no arden con la misma urgencia que nuestros montes. Cada día somos noticia en la prensa, y no para ensalzar alguna de las desconocidas maravillas de la comarca, sino para subrayar lo que ya sabíamos: no somos la España vaciada; somos la España olvidada y abandonada por nuestros dirigentes.






