Está terminando agosto y los incendios siguen vivos. Ha sido la tragedia del verano, cada día empezaba con la noticia de un nuevo foco, con los testimonios de dolor por los montes quemados, alguna vez por el terrible golpe de pérdidas humanas, y siempre con el grito de impotencia ante el poder devastador de unos fuegos caprichosos y feroces que devoran cuanto encuentran en su camino. Cada día, también, se supo de la persistencia y el valor de cuantos se han volcado en una lucha llena de sacrificios y que lo han dado todo y lo siguen dando por derrotar a un enemigo que tiene la facultad de resucitar cuando se lo consideraba ya vencido.
Con estos incendios de sexta generación, que actúan con una voracidad implacable, los sistemas de protección y de combate contra las llamas se ven desbordados y las tareas de extinción están en buena medida condenadas al fracaso. El cambio climático, las altas temperaturas, un campo cada vez más abandonado por unas gentes que van a buscarse la vida en otras partes, la falta de recursos económicos para prepararse ante cualquier imprevisto, el desinterés por establecer rutinas de cuidado de los bosques que atiendan al largo plazo: cada elemento que se toma en consideración ante esta catástrofe ambiental parece cargado de malos augurios, y lo que ha ocurrido es que las cosas en materia de prevención, o no se hicieron o se hicieron mal. De ahí ese lamento inconsolable por las más de 400.000 hectáreas quemadas, y la necesidad de esclarecer responsabilidades para poder prepararse mejor para la próxima.






