El país amaneció ayer con un aire más limpio. Tras semanas de angustia, los fuegos que devoraron el verano parecen rendirse. Los partes oficiales repiten una palabra poco habitual los últimos días: “Control”. En algunos pueblos, la primera señal de normalidad ha sido el olor del pan recién horneado. En otros, el silencio lo rompen los camiones de los bomberos, que se marchan dejando tras de sí un paisaje ennegrecido. La estadística es brutal: más de 370.000 hectáreas arrasadas. Tras esa cifra, laten historias de familias que durmieron en polideportivos improvisados como refugio, agricultores que miran con desolación las viñas chamuscadas, niños que dibujan el incendio como si fuese un monstruo al que, al fin, han vencido. El alivio no es completo. Septiembre aún puede traer sobresaltos, pero hoy hemos ganado la batalla.
Francisco Javier Pérez Gómez. A Coruña
Me ha impactado leer las lamentables circunstancias del proceso que finalizó con la eutanasia del profesor Bayés, de cuyos libros tanto he aprendido. Tengo pocas dudas de la extraordinaria importancia de que se haya alargado la esperanza de vida, sobre todo en el mundo más desarrollado, pero ese avance se ensombrece si la calidad de esa vida adicional no se cuida lo suficiente. Hay que dedicar un esfuerzo equivalente a dos aspectos no suficientemente resueltos: los cuidados para las personas dependientes y la generalización y normalización de los cuidados paliativos y, en los casos aplicables, de la eutanasia. Sin esos requisitos, la esperanza de más vida puede convertirse en la certeza de más sufrimiento.









