Tras el rojo llameante del fuego, el gris tiñoso de la ceniza. Los municipios del sur de Tarragona afectados por el incendio que, durante dos días, ha galopado a toda mecha por el monte propulsado por fuertes ráfagas de viento se dedicaban este miércoles a hacer balance de daños. Por la tarde, el incendio entró en fase de estabilización: “Es una fase muy básica. No lo tenemos ni controlado ni mucho menos extinguido”, especificó el jefe de intervención de los Bomberos de la Generalitat Joan Rovira, y explicó que se ha logrado establecer un perímetro para que el fuego no se mueva más allá de esta zona.

El balance numérico habla de 3.300 hectáreas abrasadas y larguísimas horas de confinamiento para 18.000 vecinos de Paüls, Alfara de Carles, Aldover, Tivenys, Xerta, Jesús, Bítem, Roquetes, Pinell de Brai o Prat de Comte, pero el daño desborda las cifras y destapa las vulnerabilidades de un territorio, las comarcas de las Terres de l’Ebre, ruralizado, perjudicado por la falta de infraestructuras y diezmado por el envejecimiento: el año pasado, cuando buena parte de Cataluña ganaba población, se registró pérdida de habitantes en 22 de sus 52 municipios, un 42,3%. “Estamos acostumbrados a que solo se hable de nosotros cuando hay desgracias, luego volvemos al olvido”, exclamaba este martes Ivan Garcia, alcalde de Roquetes.