Escribo mientras el aire aventa las cenizas en Soto de Viñuelas. Y casi doy gracias, aunque apenas se puede respirar en la calle. El fuego del día 11 en Tres Cantos ha arrasado una vida, varias casas, instalaciones, numerosos coches y bastantes jardines; también ha calcinado conducciones y años de esfuerzo. Sí, en otras zonas de España ha sido mucho peor aún y bien lo siento. Ahora, mientras reparamos y amontonamos en la calle lo quemado, afrontamos un reguero continuo de turistas de catástrofes. A pie, en bici o coche, haciendo la carrerita matutina, solos o en familia, fotografían nuestro desastre sin mediar palabra. Algunos ponen cara compungida y los menos musitan un pésame cuando les pedimos que, por favor, no hagan fotos de la devastación de nuestras casas. “Tengo derecho”, suelen contestar molestos. Quizá, pero lo seguro es que no tienen empatía ni mucho respeto al prójimo. Gracias a la ventolera, los turistas han dejado de atascar mi calle. Volverán cuando amaine, me temo. Y los vecinos, además de gestionar nuestra devastación, seguiremos sintiéndonos como tras los barrotes de un zoo.
R. Nogueira. Tres Cantos (Madrid)
Me pregunto qué hace Feijóo yendo a los puestos de mando avanzado de la lucha contra los incendios, aparte de interrumpir y molestar a quienes están allí trabajando a destajo. Parece que su único objetivo es hacerse la foto. Solo le ha faltado ponerse los náuticos y coger una manguera para simular que apaga un fuego, como hizo en la famosa foto de 2006.









