Un suelo ennegrecido revela lo que ocurrió: dos grandes lenguas de fuego que, gracias a la sangre fría y la fuerza de voluntad de los agentes y los voluntarios que lucharon contra la catástrofe, no se tocaron por apenas 20 metros.

Esto es lo primero con que se toparon este miércoles en la localidad de La Iglesuela del Tiétar, en la provincia española de Toledo, Olga Azaola, una trabajadora en cooperación internacional de 56 años, y Javier Vázquez, un carpintero de 62. Recién aterrizada desde Nuakchot, capital de Mauritania, era la primera vez que Azaola acudía a la casa, después de que su hogar fuera pasto de las llamas. Para Vázquez, que pasó estos días con su hermano en el barrio madrileño de Carabanchel, sin embargo, era la segunda: la Guardia Civil se apiadó de él y le permitió acercarse este martes para dar de comer a unas gallinas que, creía, no habrían sobrevivido al fuego. Por eso, ella va descubriendo y él confirma:

—¡Se han quemado lirios!

—¡Si solo fuera eso!

Las cinco gallinas, para sorpresa de todos, siguen vivas a pesar de hallarse escondidas en una caseta de madera ubicada bajo un pino: no podían tener más billetes para arder. Alguien se preocupó, además, de alimentarlas: “No le podemos estar más agradecidos a quienes cuidaron de la casa. Querríamos saber quiénes fueron”, comenta Azaola. Porque la vivienda de la pareja también sigue en pie. Y eso, a pesar de que se encuentra en la trayectoria de dos fuegos, uno que amenazó desde la parte trasera y otro que penetró en el patio por la puerta principal. El taller de Vázquez, sin embargo, es otra historia.