Siete corzos muertos y abrasados. Algunos, despeñados al intentar escapar del fuego, tiñen de rojo el asfalto donde aterriza la ceniza. Otros, abotargados en mitad del monte sobre el suelo quemado, con los ojos muy abiertos en su huida desesperada del incendio. Los árboles no pudieron ni intentarlo: los gigantes carbonizados, varios vencidos sobre la carretera, aún humean y contribuyen a la ingente nube gris que cubre el sur de Ávila desde que el miércoles se iniciara el horror en Burgohondo. Las llamas se han ensañado con el valle de Iruelas, de alto valor ecológico, ante la impotencia de los vecinos, furiosos ante la falta de medios, y bomberos desbordados: “Era una columna de humo negro como si quemaran neumáticos”. Era, simplemente, la naturaleza siendo destruida. Las pesquisas de la Guardia Civil han derivado en la detención de una persona y la investigación a otra como posibles autores del incendio, cuyo origen está en una imprudencia grave por el empleo de maquinaria pesada en la zona del origen a pesar de que estaba totalmente prohibido. Las chispas que desprendieron las máquinas prendieron las llamas, concluye el Seprona, que en la inspección técnica ocular de la zona y tras realizar el informe técnico de causas, en colaboración con la Brigada de Investigación de Incendios Forestales (BIIF) de la Junta de Castilla y León, observaron indicios claros de actividad de maquinaria pesada, ha informado el instituto armado en una nota.Los brigadistas han pasado una noche horrible. Las murallas anaranjadas y veloces engullían los bosques y en cuestión de minutos se plantaron en El Tiemblo (4.600 habitantes, pero aún más en verano). Muchos más flancos comprometían al dispositivo, cuyos integrantes cambiaron de turno de madrugada. Uno de ellos afirma que de tanta excitación y faena no ha podido ni dormir: ha pasado tres horas comiendo techo. Otra compañera sostiene que ha sido la peor noche de su vida. Otro, con seis años de experiencia, asegura que jamás había visto algo similar, y eso que casi cada verano se superan a los anteriores en episodios críticos. Tampoco esta simultaneidad de incendios graves: en Ávila, Comunidad de Madrid, León, Guadalajara y Segovia en las últimas fechas, lo cual ha desgastado los dispositivos: más horas y más fragmentación, con muchas brigadas de un lado actuando en otro hasta que se los requiere en su punto original. En su zona, al menos, el viento acompañó, contuvo el avance del fuego y pudieron cortar uno de los flancos. En el valle de Iruelas, sin embargo, no tuvieron tanta suerte y todo se abrasó. El bombero compara la humareda con quemar neumáticos y recita calificativos —“apocalíptico”, “demencial”— y añade que es una ”tragedia”. El hombre se calla cuando ve por televisión que el frente apunta hacia Nava del Rey o Colmenar (Madrid). Solloza: “Ahí me he criado yo…”. Le cuesta acabar la frase: “…Como entre ahí el fuego, no queda ni el apuntador”.Las lágrimas en El Tiemblo son de rabia y furia. Hay parcelas abrasadas, con muros, jardines y huertos negros. El fuego entró en el pueblo y no todos los habitantes quisieron salir: no veían que hubiera personal profesional suficiente y decidieron contenerlo como pudieron. Dos hombres se muestran indignados al ver maquinaria oficial aparcada en un terreno contiguo, sin uso. Hay dos solares asilvestrados, entre las viviendas, donde una pavesa o una chispa pueden reiniciar el caos. Uno de los vecinos abulenses cuenta que un amigo arrancó el coche para huir de la Guardia Civil con el agente aún agarrado a la ventanilla: no podía soportar que ardieran sus terrenos. “Nos estamos cansando...”, dice en tono amenazante. “No había nada, mi casa se está quemando ahí arriba, ese fuego no llegó aquí porque anoche estuvimos aquí como pobrecillos con una manguera”, se sulfura uno de ellos. El discurso contra las Administraciones se repite en cualquier lugar. A Gregorio Moreno, agente forestal jubilado, se le rompe la garganta por la mezcla de la desesperación y la ceniza que impregna el aire y las ropas. “¡Qué desastre! Antes los incendios se apagaban con un azadón, ahora con aviones y medios se quema todo. Falta gente, no ha venido nadie, ¿quién gestiona esto?”. La Administración responsable del dispositivo fue la Junta de Castilla y León (PP), competente en gestión forestal, hasta que la pasada medianoche se decretó el máximo nivel, el 3, por el que el Estado asume el mando aunque los recursos siguen siendo los mismos. Otro bombero describe el horror de las últimas horas y critica a los mandos intermedios, como agentes forestales sin experiencia que mandan a las cuadrillas al peligro. “En el de Burgohondo estos días casi ha habido dos atrapamientos, a un camión le pasó el fuego por encima y por debajo”, relata. Cristales rotos, retrovisores derretidos y la chapa flameada. Lo peor, el daño humano: compañeros heridos aun cuando se protegieron debajo del vehículo. Este bombero añade que más allá de las terribles condiciones medioambientales, la sequía endémica y la falta general de prevención hay decisiones que le parecen incomprensibles. Menciona que el miércoles, con varios focos por Ávila y el infierno fraguándose, los mantuvieron ocho horas inactivos en la base. “Queremos saber por qué hace dos días cuando el incendio estaba empezando no nos dejaron salir. Estábamos deseándolo pero la cuadrilla se quedó en la base jugando al bádminton”, zanja.