Una señora barre el suelo de su portal. Las cerdas del cepillo arrastran las micropartículas grises que llueven desde hace dos días. La montañita crece en la calle y se retira con el recogedor antes de que en unos minutos vuelva a caer ceniza del cielo, señal en miniatura de la destrucción de los ingentes bosques cercanos. Arde el sur de Ávila y la nube gris formada por el fuego escupe el recordatorio del drama sobre el pelo, los coches, la acera, el asfalto. Cebreros rebasa sus 3.400 habitantes usuales: amén de los veraneantes, se ha llenado de vecinos de otros pueblos. Desalojados o exiliados, buscan refugio donde a las pocas horas se decreta el confinamiento por las cenizas que arrastra el viento. ¡A casa! Hay niños de campamentos, mayores asustados, madrileños atónitos y dudas sobre qué pasará próximamente si el incendio sigue asalvajado tras engullir más de 9.000 hectáreas desde su origen el miércoles en Burgohondo.Un enorme convoy de Guardia Civil recibe a las afueras de Cebreros, vigilando quién entra y de dónde viene y quién sale y hacia dónde. No hay fuego a la vista pero sí al olfato, de ahí que muchos habitantes de núcleos cercanos hayan sido reubicados en la localidad donde nació el expresidente del Gobierno Adolfo Suárez. Los paseantes observan cómo la perenne nube gris sigue engordando merced a los focos del sur abulense, colindantes con la Comunidad de Madrid, aunque todo dependerá del viento: sus rachas e intensidad marcarán la seguridad de los municipios. César Hidalgo se resigna. A sus 60 años ha visto mucho fuego en esta zona tan sensible, de temperaturas elevadas y mucha masa forestal: caramelos para el diablo. La magnitud de este, según revela en el taller donde charla con su amigo mecánico, lo ha asombrado. El hombre enseña fotos tomadas en El Tiemblo, donde vive. Este jueves, en cuestión de 15 minutos, las llamas irrumpieron en el monte y bajaron ávidas hacia las parcelas que hoy humean, víctimas de tal voracidad. El naranja de las imágenes entre la noche negra aún lo intimidan: “Tenemos una viña con tres perrillos y no sabemos qué ha sido de ellos, si han muerto… esto era el infierno”.La velocidad del frente y su poderío casi provoca un gran susto en el Charco del Cura, en el Valle de Iruelas, castigado por las llamas y hogar del buitre negro, como los ahora tizones que antes eran árboles. Los monitores de un campamento con 165 chavales veían primero el humo y luego las lenguas naranjas, poco a poco, resbalando hacia sus instalaciones. Daniel Miguel, de 30 años, comenta que nadie los avisó y que ellos fueron telefoneando a las autoridades. La Policía Local pedía calma y que se confinaran; ellos obedecieron e hicieron talleres interiores para distraer a los muchachos. El SMS de Emergencias los instaba a encerrarse. Obedecieron. Al rato vieron el fuego. Se rebelaron. Estaban rodeados de bosque y ellos podrían ser los siguientes en humear.Los chavales, algo inquietos, recibieron órdenes de regar los alrededores hasta que los mayores llamaron al 112, donde alguien con sensatez les sugirió que quizá debían irse pese a la orden de mantenerse. Así fletaron coches “con ocho niños” o furgonetas “abarrotadas” para desplazar cuanto antes a la chavalada. Pablo Sanz, también monitor, añade que fueron a Cebreros, donde se les acogió de maravilla y los ubicaron en un espacio público. Allí han dormido en colchones cedidos y han cenado y desayunado comida brindada por los lugareños. Sara García y Ainhoa de Abajo, monitoras de prácticas de 19 años, explican su asombro ante tal estreno en el gremio. “Algún niño lloraba, es normal, pero se portaron bien”, indican; los menores, más tranquilos, telefonean a sus padres. Una les precisa que “nos han evacuado por el humo, no por el fuego, ayer el cielo estaba rojo”.Hora de comer. El humo sigue propagándose por Cebreros y los paisanos se refugian en el bar y su menú del día. Hay bromas sobre la pandemia y las mascarillas abundantes por las calles, se insta a los ecologistas a venir a apagar las llamas, se proclama el bulo de que ya no se puede limpiar el monte. Un agente de la Policía Local interrumpe la ensaladilla de pimientos con atún y el magro con tomate: cuando acaben de comer hay que desalojar. La gente se extraña. Todo se debe al humo, apostilla el uniformado. Un bombero consultado por EL PAÍS detalla que han cambiado las rachas y que ahora, más potentes, impiden su labor: repliegan hacia El Tiemblo para redefinir estrategia. Allí se reecontrarán con los vecinos que fueron evacuados la noche antes: han podido volver a casa con la condición de encerrarse en ellas.Los que no tienen casa en Cebreros son pastoreados hacia el polideportivo. Hay ancianos con bastón, niños con gatitos que caben en su mano, fieles perros aguardando noticias, adolescentes resignados mirando el móvil. Protección Civil suministra mascarillas y reprende a quienes no la llevan, entre risas, como en 2020: policías del disfrute, sí, pero la salud manda. Una de ellas informa de que la Guardia Civil, ante el gran volumen de madrileños, los insta a regresar a la capital para rebajar la tensión de coches y usuarios del espacio habilitado. José María Páez y Mercedes Martín, de 83 y 82 años, se lo piensan: han venido a por unos días de descanso y se encuentran con el desastre. Seguramente den media vuelta. Sus nietos, a la pantalla, hastiados. Mercedes Tamayo, de 70, se echa en una tumbona habilitada para los desalojados. La acompaña Nina, su gata, primero nerviosa y luego bostezando a sus pies, encantada de un nuevo diván. “Tengo otras dos pero no se han dejado coger, están en casa encerradas”, confía Tamayo, entre el aburrimiento general. En el polideportivo resuena el eco de algún helicóptero, el rugir de un extractor de aire y el runrún de las conversaciones. Incluso dentro cae ceniza.
De pueblo de acogida a confinarse por el humo: la pandemia de fuego llena Cebreros de ceniza y miedo al viento
Los vecinos de varios lugares afectados por las llamas se refugian en la localidad abulense sin lograr evitar la nube del fuego









