El alcalde de El Tiemblo (Ávila), Arturo Varas, reparte mascarillas a los vecinos que esperan instrucciones al pie de una ladera del monte convertido en un campo de cenizas negras. Ha pasado algo más de un mes desde que el pavoroso incendio de Burgohondo, que abrasó 39.570 hectáreas (27.600 de superficie forestal), alcanzara el pueblo, y ahora toca combatir esa capa negruzca en la que se ha transformado la vegetación y la parte más superficial del suelo. Hay que hacerlo antes de que lleguen las lluvias y se transforme en un chapapote que contamine ríos, embalses y aguas subterráneas. “Tenemos que evitar que alcance el Charco del Cura [un pequeño embalse, que se divisa al fondo del valle] del que bebe El Tiemblo y Cebreros”, explica el regidor en medio del desolador paisaje. Aguas arriba, en el embalse del Burguillo, a unos 10 kilómetros, con el que esta presa está conectada por el río Alberche, la situación no es mejor. La inmensidad negra es tal que la tarea parece inabarcable, pero la acción da un poco de esperanza, como explica Flore Puget, una francesa con casa de vacaciones en el pueblo: “Hoy me siento contenta, porque por fin podemos hacer algo. Lo peor es limitarse a contemplar este desastre”. Una sensación que comparte la treintena de vecinos que comienzan a diseminarse por el monte y a construir fajinas. Estas contenciones se sitúan en la ladera aprovechando troncos y ramas quemadas o piedras, tras las que se coloca paja que actúa como filtro para frenar el arrastre de las cenizas, la pérdida de suelo y reducir el impacto de posibles avenidas de agua. “Al quemarse la vegetación, desaparecen las raíces que retienen el suelo, y cualquier tormenta arrastra muchísimo sedimento”, explica José Antonio Ortega, profesor de Geología y Geoquímica en la Universidad Autónoma de Madrid. Las cenizas pueden, además, formar una capa impermeable que vuelve el suelo hidrofóbico de forma que el agua se infiltra menos, resbala por la superficie y aumenta la escorrentía, como comprobaron en un estudio del incendio de Navalacruz (Ávila) de 2021, que afectó a 22.000 hectáreas. A consecuencia de ello, añade Ortega, cuando llueve y la ceniza llega a los cauces, el agua se vuelve más ácida y “todo lo que hubiera sobrevivido al incendio, muere”. Además, añade, las crecidas se vuelven más intensas y dañinas de lo habitual, el pico del caudal es mucho mayor y el agua llega antes a ríos y arroyos, cargada de sedimentos que pueden obstruir puentes y cauces.Las imágenes de la riada que causó la muerte de dos mujeres en Manzanedo de Valdueza (León) a mediados de agosto muestran cómo, tras una gran tormenta, el agua bajó de la montaña cargada de lodo negro, piedras, ramas y otros restos. “Cada 50 años puede ocurrir un fenómeno meteorológico extraordinario en esta zona que produce desbordamientos. Pero si a eso le añades el fuego del año pasado y que no ha dado tiempo a que crezca un manto vegetal que limite los arrastres, pues puede pasar esto”, explica Iván Alonso Rodríguez, primer teniente de alcalde de Ponferrada. Asegura que se construyeron albarradas (pequeños diques de contención), echaron paja... para evitar que la ceniza llegara al cauce de los arroyos, “pero llovió de tal forma que todo saltó por los aires”. “Cuando viene alguna persona y te dice que esto se arreglaría de tal forma o tal otra, me gustaría subirlo arriba, porque no te abarca la vista de lo que se ha quemado”, se queja. También han limpiado ya en tres ocasiones este año la playa fluvial de Molinaseca, “uno de los pueblos más bonitos de España”, debido al barro y las cenizas que arrastra el río Meruelo. Y eso sin contar el daño medioambiental que “es impresionante, todo muerto”. Un escenario que es fácil imaginar desde el paisaje de hectáreas y hectáreas quemadas de El Tiemblo. El alcalde se multiplica intentando explicar cómo hay que hacerlo: “Perpendicular a la pendiente por donde baja el agua”. Ese viernes cuenta en el equipo con Luis López, un cortador de pinos con 15 años de profesión. “Mañana cambiamos de ladera”, informa. Frenar el agua y las cenizas es solo parte del objetivo de estas barreras. También se trata de impedir que las lluvias se lleven por delante el suelo que ha sobrevivido al incendio. Cristina Santín, investigadora del CSIC en el Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad, advierte de que protegerlo es fundamental porque el fuego lo daña y, “aunque solo sean dos centímetros, es donde reside la fertilidad, la materia orgánica”. Santín entiende la preocupación de los vecinos por los árboles que se pierden. Pero la vegetación se acabará recuperando, añade, porque en la cuenca mediterránea muchas especies están bien adaptadas al fuego y tienen capacidad para rebrotar o para hacer germinar las semillas después de un incendio. “Esto, en un contexto normal, porque los fuegos actuales son más grandes y de mayor intensidad”, advierte. En todo caso, para plantar árboles hay que esperar; habrá zonas en las que haya que ayudar a la naturaleza y en otras que no. Con el terreno, en cambio, los tiempos son otros. “En una gran tormenta se pueden perder toneladas por hectárea de un suelo que puede haber tardado cientos de años en formarse”, explica. La contaminación de las aguas superficiales es el efecto más visible, pero al mismo tiempo las cenizas se infiltran en el suelo y pueden alcanzar los acuíferos. “Se produce una disolución de elementos de la ceniza y provoca una subida del pH, y también elevadas concentraciones de magnesio y algunos metales pesados como el hierro, el zinc y el aluminio”, detalla Raquel Morales, técnica superior del Instituto Geológico Minero de España (IGME-CSIC), especializada en hidrogeología. Esto puede desembocar en problemas a largo plazo y, si determinados parámetros superan los límites permitidos, podría llegar a interrumpirse el suministro de agua para el consumo humano. “Las aguas subterráneas son reservas estratégicas y hay que protegerlas y conservarlas”, recuerda. Ante la magnitud de estos incendios, hay que priorizar las actuaciones: determinar qué manantiales pueden verse más afectados e identificar el tipo de acuífero para saber con qué rapidez van a llegar las cenizas. También se puede emplear el mulching, una técnica que consiste en cubrir el suelo quemado con una capa de paja u otros materiales para proteger las áreas donde el agua se infiltra con mayor facilidad. La investigadora Santín considera que lo primordial es actuar “de manera urgente, el mes siguiente al incendio o, como mucho, dos meses”, plantea. Sin embargo, algo está fallando: “Hay emergencias posincendio que se plantean un año después y eso no tiene sentido”, indica. Y recuerda que es necesario que administraciones y científicos trabajen juntos, como se hizo en el incendio del año pasado de las Médulas. La Junta de Castilla y León, por su parte, ha puesto en marcha una serie de medidas de emergencia, que incluyen la retirada de la madera quemada de los caminos, triturar árboles quemados para acolchar el suelo, extender paja con medios aéreos como drones y la construcción de fajinas y albarradas, entre otras. Además, se están identificando las zonas prioritarias de restauración, porque ante la magnitud de la superficie quemada es necesario emprender también medidas a medio y largo plazo.