No hay monstruo más antiguo que el fuego. Por más que Heráclito quisiera convertirlo en el padre de todas las cosas, fuera de control sus efectos son terribles y devastadores. Signo de destrucción y de purificación, ingrediente inevitable del infierno —que en su corazón mismo Dante cubriría de hielo—, la historia de la humanidad está marcada por su dominio y su amenaza. Hefesto lo custodiaba bajo tierra, en los volcanes, trabajando su fragua con ayuda de los cíclopes, pero Prometeo se lo arrebató para convertirlo en un instrumento útil. Siempre, claro, que se mantenga sometido al límite y a la cordura.España arde, como ardieron Roma y Pompeya. Con la desgracia de que aquí no actúan solas las fuerzas de la naturaleza, sino también la mano despreocupada y criminal de los hombres. Los montes están en llamas por un clima hostil y en mutación acelerada, por la desidia de las administraciones, por el olvido de una amenaza tan cierta y anunciada que duele comprobar cómo insistimos en tropezar otra vez en la misma piedra calcinada.Faltan medios, inversión, planificación y prudencia. Y el precio de esa desidia lo pagan todos los que pisan la tierra: los bosques, los animales, las viviendas y los seres humanos que las habitan. Es un dolor casi irreversible el que debe removernos, porque es muy probable que todo cuanto estamos contemplando pudiera haberse evitado. España se quema y sabemos con certeza que seguirá haciéndolo, porque alguien no hizo a tiempo su trabajo. Lo supimos el verano pasado, y si no exigimos responsabilidades, seguirá prosperando este infierno evitable.La inversión pública en prevención de incendios es a todas luces insuficiente y mientras nuestra atención se malgasta en cuestiones menores la agenda política se desentiende de los temas que deberían ser prioritarios. Cada biografía truncada, cada hogar destruido, cada animal amenazado es el signo de un fracaso que, sin duda, tiene culpables.Prometeo robó el fuego para ponerlo al servicio del ser humano, pero nosotros, en cambio, parecemos empeñados en devolvérselo al caos. Cada verano repetimos el mismo rito de ceniza, lágrimas y promesas incumplidas, como si la tragedia fuese una estación más del calendario. Pero los incendios no son una fatalidad bíblica: son, con demasiada frecuencia, el rostro visible de decisiones que nunca se tomaron. Lo insoportable no es el fuego. Lo intolerable es que no hayamos sido capaces de aprender una lección tan antigua y tan terrible.