Como todos sabemos, los solsticios son puertas en la cultura grecolatina: la Janua Coeli (Puerta del Cielo) y la que nos toca estos días, la Janua Inferni (Puerta del Infierno). Por mi parte, siempre me ha parecido que lo infernal de la segunda está más relacionado con el clima de nuestros países que con el inframundo y, a través de eso, con la permanente e inevitable protesta a cuenta de la temperatura, de la que ya se mofaba Luciano de Samósata en El cínico: “en invierno, pedís verano; en verano, invierno; cuando hace calor, frío y, cuando hace frío, calor; como los que están enfermos, que nunca están contentos”. Pero descontadas las quejas, que han cobrado más sentido con el cambio climático y otras maravillas del modelo económico (por ejemplo, el urbanismo de asfalto y plazas duras, sin fuentes ni árboles), los solsticios siguen siendo un momento de celebración.

En otra de sus obras (Sobre la danza), Luciano afirmaba que “no es posible encontrar ningún rito antiguo de iniciación” que carezca de baile y, desde luego, también cuesta encontrar alguno donde el fuego, el agua y la libertad dionisiaca no estén presentes. En el solsticio de verano, rito iniciático donde los haya, eran sus principales elementos simbólicos desde mucho antes de que se instaurara la fiesta de Fors Fortuna, y aunque nos limitáramos a sus hogueras y a sus altamente desenfadados paseos por el Tíber –de los que habla Ovidio en sus Fastos–, nos quedaríamos cortos sin añadir que llegaban un par de semanas después de la Fiesta de Vesta, guardiana de la llama sagrada. Hasta los que compartimos el descreimiento de Luciano en materia de divinidades encontramos curioso este detalle: que el imperio romano occidental se hundiera menos de un siglo después de que a Teodosio I le diera por apagar la llama en cuestión, como confirmando la leyenda de la catástrofe que su extinción produciría. O más bien, demostrando que nada se sostiene mucho tiempo cuando a la ausencia de pan se suma la ausencia de circo.