Mis mayores y yo hemos visto quemarse varias veces ese cerro que forma el paisaje de mi infanciaUna mujer observa el cielo cubierto de humo provocado por el incendio de la sierra oeste, desde el Cerro del Tío Pío en Madrid, el pasado día 25. Carlos Luján (Europa Press)Sentada al atardecer frente al monte Pajariel, una chepa de tierra cubierta de árboles que desde lejos parecen brécol, me pregunto si tenían razón mis mayores cuando esta mañana dijeron que un día estuvo atravesado por cortafuegos que impedían que se quemase. Ellos tienen ya la edad de una presa franquista pero yo estaba viva cuando el golpe de Estado, lo que me da licencia para ofrecerles mis propios recuerdos, que incluyen al trovador Serrat cantando con voz gangosa Todos contra el fuego. Hubo una noche que desde la ventana de mi cuarto se veían rodar por sus laderas lenguas encarnadas que se morían por lamer las casas. Era una niña y me refugiaba en la idea de que en el medio había un río y, un poco más allá, la piscina en la que aprendí a nadar (todo esto lo escribo mientras contemplo su fondo celeste). Somos de generaciones diferentes y sin embargo ellos y yo hemos visto quemarse varias veces ese cerro en el que se posa la estrella que guía a los Reyes Magos de Oriente en diciembre, el mes en el que, todos los agostos nos lo repetimos, se debe empezar a luchar contra los incendios. Esa muralla de vegetación vigila con ojos esmeralda el lugar donde nací, tan rodeado de verde que me pregunto si se le podría considerar urbanización bosque. Sé bien que no, porque acabo de dejar atrás Madrid, un enclave que sí está rodeado de ese tipo de asentamientos. Sus habitantes le han tenido siempre más miedo a los ladrones que al fuego. Tras dar cinco vueltas a la cerradura y activar la alarma, hui de la metrópoli, encapotada por las cenizas de su provincia. Dentro del túnel de Guadarrama, el móvil, incendiado de historias terribles, me mostró un fotograma con la capital cubierta de humo. Alguien apuntaba al pie: “Huele a cenicero”. Me sorprendió la imprecisión del apunte. Un bosque quemado, con toda su vida arrasada, huele, desgraciadamente, a verano. Lo sé porque, como todos los años, esta tarde huele así el lugar donde vine a refugiarme junto a mis mayores. Archivado EnOpiniónOlas calorCambio climáticoIncendiosIncendios forestalesMadridEmergenciasAncianosGuadarrama
El trágico olor a verano
Mis mayores y yo hemos visto quemarse varias veces ese cerro que forma el paisaje de mi infancia













