Adrián Arias |
Navaluenga (Ávila), 26 jul (EFE).- El fuego se ha marchado, pero todavía permanece en el aire: huele a pino quemado, a plástico derretido y a un verano que, en este bello rincón de Ávila, terminó antes de tiempo.
En las urbanizaciones, casas rurales y cámpines que rodean el embalse de El Burguillo ya no hay conversaciones bajo los toldos ni niños corriendo entre las parcelas. Solo queda el crujido de los restos, el humo que aún se levanta de algunos puntos y un silencio difícil de asociar con un lugar creado para las vacaciones.
Los estragos causados por el incendio de Burgohondo (Ávila). EFE/Adrián Arias
Las caravanas se han convertido en esqueletos de metal; los coches son ahora masas ennegrecidas y, entre la ceniza, aparecen objetos cotidianos que el fuego no terminó de borrar: una silla, una bicicleta, una bombona o los restos de una mesa que tal vez el día anterior soportó un tapete donde se jugó al mus.










