Adrián Arias |
Casavieja (Ávila) (EFE).- Recorrer el perímetro del incendio de Ávila es atravesar 160 kilómetros de destrucción, silencio y humo. Una sucesión de montes ennegrecidos, pueblos cercados y pequeñas islas verdes que sobrevivieron no porque el fuego las perdonara, sino porque avanzó con tanta virulencia que terminó saltando por encima de ellas.
Lo que antes era verde, hoy es negro. Los pinares, los pastos y las laderas han quedado cubiertos por una misma piel de ceniza, al igual que las grandes rocas graníticas, tan características de este rincón de Ávila, que lucen ahora tiznadas por el humo y el calor.
En los pueblos se respira un ambiente casi pandémico. Los vecinos han desempolvado las mascarillas, caminan con la mirada baja e intentan seguir con su día a día sin perder de vista el monte humeante que surge a su alrededor.
Los daños causados por el fuego en poblaciones como Casavieja (Ávila).EFE/Adrián Arias










