Opini�nVista de Madrid este s�bado, con el humo de los incendios en el paisaje, Torrespa�a, y las Cuatro Torres al fondo.Actualizado Domingo,

julio

00:04Cada vez que �bamos al Safari Park, los monos le arrancaban la antena al coche de mi madre. Los leones daban miedo, ah� tan cerca.Un d�a de mucho sol, el p�blico esperaba mirando la lejana silueta de un �guila, casi diminuta: ten�a que volar desde lo alto de una colina hasta el brazo de su cuidador.Son� un disparo.El ave cay� a plomo y los trabajadores del Safari se pusieron a llorar. Su amor por el �guila era tal que fue como si aquel cazador alelado les hubiera matado a un pariente.Eran los primeros 80, pero hoy ese mismo amor no ha cambiado: los empleados del Safari Park se han jugado la vida por sus animales. Hay pastores que prefieren morir con su ganado antes que abandonarlo a las llamas.Hab�a un reba�o inm�vil, diminuto, d�cil; se dejaba tocar por los ni�os. Estos d�as est� cercado por incendios, pero vivir� mucho m�s que todos nosotros porque sus lomos son de piedra, y su tiempo es eterno al lado del nuestro. Encajados desde hace m�s de 2.000 a�os entre todo lo que se est� quemando, los Toros de Guisando contemplan c�mo arde su vieja Vetonia, pero tambi�n la ver�n reverdecer.La vida es lo m�s importante y lo primero que hay que proteger, claro. Pero la vida se edifica sobre recuerdos, objetos, casas, y cuando eso se convierte en cenizas parece que se muere un poco. Eso le est� pasando a miles de personas. Es dif�cil pedir paciencia. Muchas familias de �vila, Toledo, Guadalajara -La Mierla- o los municipios de esa esquina suroeste de Madrid emigraron hace d�cadas a la capital para buscar las oportunidades de la gran ciudad. Construyeron su futuro y los fines de semana, los veranos, regresaban con sus hijos para no perder la memoria.A ratos parece que es m�s f�cil encontrar madrile�os que conozcan Tailandia o Nueva York que a los que pasan temporadas por los alrededores serranos. Pero cuando nos conform�bamos con hacer cosas menos ex�ticas, lo que hoy se quema eran las vacaciones de cientos de miles: aquellas tardes de la infancia en el pantano de San Juan, con el picnic y el ba�ador. El castillo de San Mart�n de Valdeiglesias. Las noches interminables con los amigos. La playa del Alberche, en Aldea del Fresno, con un par de ni�os m�s y un padre que vigilaba de aquella manera, con el botell�n y el cigarro.Los paseos por el r�o, acechando con la ca�a de pescar. El sonido de las cigarras entre los troncos, que da calor solo de o�rlo. Las acampadas con los ge�grafos en Piedralaves. Andar descalzo y clavarte las agujas de los pinos cada metro. Pasar julio en la sierra y olvidarte de la playa. Encontrar en el chal� de tus t�os ese libro que te gustaba.Pocos veranean ya de esa manera porque ahora la sierra es su casa. Huyeron del precio madrile�o y si ahorran es para ir a Jap�n. En la capital hoy se vive ahumado y en la monta�a, donde �bamos a por aire limpio, no se puede respirar. Al lado est�n El Escorial, Pe�alara, el Parque Nacional. Qu� pena.Y qu� miedo.