Para el común de los mortales que se escapa el fin de semana desde Madrid a la Sierra de la Paramera o al Valle del Tiétar, ver montes tupidos y frondosos es sinónimo de naturaleza sana. Un refugio al que huir para esquivar las noches tropicales que castigan con más asiduidad a los que no se mueven de la capital. Sin embargo, para los que llevan años leyendo el monte, esa postal es una bomba de tiempo. Una masa forestal continua, densa y sin gestionar que año a año suma más combustible. Lo que parecía un aviso teórico que no terminaba de cumplirse se ha materializado desde el pasado jueves en un reguero de incendios por el Sistema Central que han devorado decenas de miles de hectáreas y han forzado el desalojo o el confinamiento de miles de personas. Las llamas se han comportado con tal virulencia que, durante horas, los servicios de emergencia, completamente desbordados, hablaban abiertamente de que las llamas estaban "fuera de capacidad de extinción". Y el miedo flota en que los diferentes fuegos sigan devorando el terreno que les separa hasta convertirse en un único megaincendio, alcanzando unas dimensiones no recordadas en la geografía patria. "Se han juntado todos los factores fatales al mismo tiempo: temperaturas extremas, una masa forestal tupida y el viento", explica a El Confidencial Javier Manrique. "Ha sido el escenario perfecto para que el fuego desborde cualquier capacidad de extinción", añade. Sabe bien de lo que habla. Es decano territorial del Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales en Cantabria y lleva 40 años en el oficio, en los que ha lidiado con infinidad de incendios en primera línea. TE PUEDE INTERESAR El ritmo con el que las llamas han avanzado tiene, en opinión de este experto, una explicación física precisa. La orografía que conecta el sur de Ávila con el oeste de la Comunidad de Madrid no es un terreno cualquiera. Valles pequeños, encajonados con amplias pendientes que generan pasillos de viento y corrientes cambiantes que dificultan el trabajo de las brigadas. "Hay corrientes que bajan por las laderas en las vaguadas y te hacen un efecto chimenea que te puede llegar a atrapar", advierte Manrique. "En la extinción, la prioridad absoluta e indiscutible es la vida humana. Si extremas la seguridad para proteger a los equipos en un terreno así, eso te impide ser todo lo eficaz que te gustaría. Es el cóctel perfecto para que la situación se desmadre". A ese tablero de juego se le ha sumado un elemento invisible pero decisivo. El estrés de la vegetación y la falta de humedad en el terreno tras encadenar tres olas de calor consecutivas. "Las mediciones por satélite te dan humedades edáficas (la humedad del propio suelo) bajísimas. Todo el combustible está desecado y listo para arder", detalla el experto. Manrique advierte que la magnitud del desastre podría haber sido todavía más catastrófica por un detalle meteorológico de los meses previos: el volumen de lluvias en primavera. "Tuvimos un invierno muy lluvioso, pero hemos tenido, entre comillas, la suerte de que la primavera no lo fue tanto", advierte. "Si llega a caer en primavera lo que cayó los meses anteriores, la cantidad de hierba y matorral fino habría sido enorme y el comportamiento todavía más explosivo". Sin embargo, el comportamiento extremo de las llamas no solo responde al viento ni al estrés puntual de unas semanas de canícula. Detrás de esta virulencia se esconde un problema estructural de fondo. El de la ingente masa vegetal acumulada tras décadas de falta de gestión forestal. Un escenario en el que el fuego ya no encuentra barreras naturales y donde la biología del monte juega a favor de la combustión. Lo resumía perfectamente Paco Castañares, experto forestal, en una entrevista en televisión. "El campo y el monte español es un polvorín. Es como si nos hubiésemos dejado abierta la llave del gas". Columna de humo producida por el incendio que se mantiene activo en la localidad madrileña de Pelayos de la Presa. (EFE/Mariscal) "Estamos en montes con una carga de vegetación muy elevada y muchísimo combustible. No hay zonas donde el incendio vaya a morir por inanición: siempre va a tener comida", subraya en este punto Víctor Resco de Dios, profesor de Incendios y Cambio Global en la Universidad de Lleida. "A esto se le suma una vegetación muy estresada. Primero, porque hay tanta biomasa que consume muchísima agua, y, segundo, por el escenario de olas de calor que generan sequías térmicas. Hablamos de una atmósfera muy desecante que mantiene seca la vegetación durante más tiempo". Resco es uno de los mayores expertos en la materia a nivel nacional. En absoluto se sorprende ante el desbordamiento de los medios de extinción. "Nos encontramos en un escenario donde los fuegos quedan fuera de la capacidad que tenemos de extinguirlos y controlarlos de forma cada vez más rápida. Se saturan pronto los operativos y eso dificulta atender nuevos frentes", avisa. Un ojo puesto en los cielos "Tenemos la mayor flota de extinción del mundo si sumamos las de todas las comunidades, pero es cierto que las capacidades más potentes del Estado han disminuido", analiza Manrique en este punto. España dispone de 14 aviones anfibios, una flota notable. Sin embargo, empieza a adolecer de cierto envejecimiento, porque el último se adquirió en 2013. El decano del Colegio de Cantabria también subraya que la totalidad de la flota no siempre está disponible. Acumulan "miles de kilómetros de servicio" y, por tanto, requieren de paradas técnicas, mantenimiento y puestas al día, que no siempre se pueden acelerar. Por eso no es de extrañar que el Gobierno pida ayuda a otros socios europeos, en esta ocasión Italia y Grecia, que han enviado cuatro de estas aeronaves, también conocidas como focas. "Más pronto que tarde, veremos incendios de cientos de miles de hectáres. En unos años, de un millón de hectáreas" "Los nuevos encargos no empezarán a llegar hasta 2029", advierte Manrique sobre las limitaciones de los deseados medios aéreos. No es la única dificultad. A esto se suma la pérdida de los helicópteros pesados Kamov, que destacan por su gran capacidad de descarga. ¿La razón? Son de fabricación ucraniana y la planta donde se les da forma está en los territorios ocupados por Rusia. Eso significa que no se pueden encargar nuevas unidades, pero tampoco contar con los repuestos necesarios. "Pasaremos unos años complicados en este sentido". Para Resco, el error de diagnóstico pasa por pensar que la solución es simplemente desplegar más mangueras o hidroaviones. "Entraríamos en un bucle sin salida. El año pasado ya tuvimos varios incendios de decenas de miles de hectáreas que estuvieron a punto de juntarse en un gran complejo. Si no gestionamos la vegetación, más pronto que tarde veremos incendios de cientos de miles de hectáreas y, en unos años, podemos ver incendios de un millón de hectáreas". El docente recurre a una metáfora médica para ilustrar la inacción administrativa. "Esto es como ir al médico con una infección y no tomar la medicina: lo más probable es que te mueras. Un incendio de un millón de hectáreas acabará pasando, pero igual que la infección se cura con antibióticos, el problema del fuego se puede mitigar si se gestiona el monte". Un hidroavión, en plena faena sobre los incendios de Ávila. (EFE) La receta médica, según coinciden ambos expertos, no pasa tampoco por intentar limpiar las cerca de 28 millones de hectáreas de superficie forestal que tiene España. Eso es un objetivo inasumible en términos económicos y logísticos. Ambos plantean una intervención mucho más quirúrgica. "No se puede actuar en todo el monte, sería una locura", señala Manrique. "Para gestionar razonablemente el país, bastaría con trabajar cada año en torno al 1% de la superficie, en puntos estratégicos", asevera. ¿De qué superficie hablamos? Pues de 250.000 hectáreas clave para romper la continuidad del combustible y permitir que la Unidad Militar de Emergencias (UME) y otros cuerpos tengan oportunidades para contener y embolsar el fuego. Esta idea también está condicionada por la transformación económica y demográfica que nuestro país ha vivido en las últimas décadas. Muchas zonas de la España rural llevan tiempo vaciándose, pasando de un medio habitado y explotado a un abandono cada vez más acentuado. En los sesenta, la población hacía una retirada de madera y leña que ayudaba a mantener el monte limpio. Lo mismo ocurre con la ganadería extensiva. Sin estas actividades tradicionales, cada hectárea de monte puede llegar a acumular, de forma silenciosa, hasta tres toneladas extra de biomasa al año. "Pensar que el mundo rural va a cuidar el monte por romanticismo es una utopía. La gente de los pueblos ha ido buscando una vida mejor y no va a volver a limpiar el monte", advierte Manrique. "Tenemos que dejar la melancolía del medio rural y empezar a actuar con pragmatismo". La solución pasa, a su juicio, por invertir y ejecutar políticas públicas, además de apostar de forma decidida por la biomasa como energía renovable. "Es la hermana pobre y paupérrima de las renovables. Si se subvencionara la extracción de madera para redes de calefacción urbana, como ya se hace en Soria para dar servicio a 16.000 vecinos, conseguirías un triple impacto: hacer rentable la limpieza del monte, crear empleo y evitar megaincendios”, argumenta este técnico forestal. "Pero siempre nos quedamos en la callada por respuesta o en planes que terminan en un cajón". Una casa arde en Cenicientos, Madrid. (Guardia Civil) El diagnóstico se completa con una llamada de atención sobre cómo abordamos y gestionamos la crisis climática. Aunque el aumento de las temperaturas y las olas de calor cada vez más recurrentes actúan como un acelerador indudable, escudarse únicamente en el cambio climático para explicar la nueva voracidad de las llamas resulta insuficiente. Según Resco de Dios, este discurso es una "trampa peligrosa". "El 'climatismo' es tan peligroso como el negacionismo. Achacar todos nuestros males al cambio climático es una excusa", reflexiona. Para él, limitar el análisis al termómetro sirve de coartada para no asumir las debilidades estructurales de nuestro modelo territorial, como el mencionado paulatino abandono del campo o la falta de gestión activa en unas áreas protegidas que terminan convirtiéndose en los mayores polvorines. En este punto, Javier Manrique coincide plenamente y señala a la inercia de la administración como parte del problema. "No sirve de nada actuar un año de forma puntual en el monte; esto requiere un trabajo planificado y sostenido en el tiempo", señala el decano cántabro. "Si no hay una inversión continua y una gestión real del territorio durante todo el año, seguiremos viviendo el mismo escenario cada verano". Resco recurre a una metáfora célebre para sintetizar la responsabilidad ante esta nueva era de fuegos. "El papel del cambio climático es como el del niño en el cuento del traje nuevo del emperador. No crea el problema de la nada, solo viene a decir que el rey está desnudo y a dejar al descubierto nuestras vergüenzas estructurales".
Llevan años estudiando y vigilando el monte y tienen un mensaje sobre los megaincendios como los de Madrid y Ávila
Llevan años estudiando el paisaje español y avisando del polvorín. Lo de los últimos días no es una anomalía, sino el reflejo de una realidad que va a ir a más: fuegos cada vez más virulentos, capaces de desbordar en pocas horas la capacidad de extinción










