29 de julio, 2026 - 07h09La primera vez que vi la película La vida es bella salí incómoda. Me pareció una película ingeniosa, pero casi irrespetuosa.Había recorrido los barracones de Mauthausen, el último campo de concentración liberado, en Austria. Había sentido el peso del silencio y el olor del lugar donde cientos de miles de personas fueron torturadas, convertidas en cenizas. ¿Cómo podía un padre transformar semejante infierno en un juego para proteger a su hijo? Me parecía un recurso rebuscado. Casi una ofensa. Con los años dejé de discutir con la película. No porque el horror fuera menor. Al contrario. Porque la vida me fue llevando por territorios donde la muerte dejó de ser una noticia para convertirse en vecina. He visto demasiados jóvenes asesinados. He acompañado familias quebradas por la violencia. He sentido el miedo cuando el peligro rondaba a quienes amo y a mí misma. También he conocido otra clase de heridas: la traición a ideales que parecían inquebrantables, la injuria, el insulto público, el descrédito.Y no hace falta mirar solo la propia historia. Vivimos rodeados de zozobra. La desconfianza se instala en las instituciones, la violencia se normaliza, la mentira circula con una velocidad pasmosa. Hannah Arendt habló de la banalidad del mal: ese momento en que el daño deja de escandalizarnos y comienza a parecernos parte del paisaje.En medio de todo eso, hablar de alegría puede sonar frívolo. O incluso ofensivo. Sin embargo, la vida termina enseñando cosas que ningún libro explica.He descubierto que cuando se toca fondo ocurre algo inesperado: se rebota. Con el tiempo comprendí por qué la frase que más se repite en los labios de Jesús es “No tengan miedo”. Tal vez porque el miedo es la victoria de la oscuridad. Cuando empieza a perder su dominio sobre nosotros aparece una libertad desconocida. También uno queda más vulnerable, todo dolor ajeno duele más. Curiosamente dentro de esa fragilidad hay una fuerza nueva. Un monje la llamaba el diamante interior. El carbón, sometido durante mucho tiempo a presiones inmensas, termina convirtiéndose en la piedra más luminosa. Quizás la alegría verdadera no sea una emoción pasajera. Quizás sea la luz que permanece cuando todo lo demás ha sido arrancado. Entonces empezamos a mirar con otros ojos. Descubrimos que la vida, reducida a su esencia, no es poder ni prestigio. Es vínculo, es sentido, es amor. Es la capacidad de seguir alumbrando en medio de la noche. Como aquel pequeño extraterrestre de la película ET, cuyo pecho se iluminaba desde dentro, todos llevamos una luz que las circunstancias pueden ocultar, pero no extinguir. Hay que cuidar la llama. Tal vez esa sea la esperanza. No esperar a que desaparezca la oscuridad para encender la luz, sino descubrir que, aun en los días más difíciles, nadie puede confiscar el resplandor que nace del fondo del corazón humano. Cuidar la llama para que la oscuridad no nos arrastre, para que la violencia no sea nuestra morada. Tal vez por eso en estos tiempos inciertos cuidar la alegría, el asombro, la ternura y la capacidad de amar sea una de las formas más silenciosas y valientes de cuidar la vida. (O)